José Luis Cobos
Presidente del Consejo Internacional de Enfermeras
Los sistemas sanitarios de todo el mundo atraviesan una transformación profunda marcada por el envejecimiento de la población, el aumento de la cronicidad, la creciente complejidad asistencial y la escasez de profesionales. Este escenario obliga a reorganizar cómo se prestan los servicios y a optimizar el papel de todos los perfiles sanitarios, especialmente el de las enfermeras. La evidencia científica más reciente muestra que, cuando las enfermeras asumen determinadas funciones tradicionalmente vinculadas al ámbito médico (como la evaluación clínica, el seguimiento de patologías, la solicitud de pruebas o el ajuste terapéutico dentro de un marco regulado), los resultados para los pacientes son equivalentes en seguridad, calidad y efectividad, e incluso mejores en algunos contextos, sin incremento de eventos adversos.
Es importante subrayar que esta evolución no debe interpretarse como una sustitución ni una competencia entre profesiones, sino como una redistribución inteligente de responsabilidades para reforzar un modelo asistencial colaborativo y eficiente. La enfermería del siglo XXI cuenta con formación universitaria avanzada, especialización y competencias clínicas ampliadas, y en muchos países los modelos de práctica avanzada ya han demostrado ser herramientas efectivas para mejorar el acceso, la continuidad asistencial y la atención centrada en la persona. Por ello, el debate no debería centrarse en ‘si’ las enfermeras pueden asumir nuevas funciones, sino en cómo desarrollar marcos formativos, organizativos y regulatorios que permitan aprovechar plenamente su potencial para construir sistemas sanitarios más sostenibles, equitativos y preparados para el futuro.