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Robin Lovell-Badge

FRS FMedSci, Group Leader, Francis Crick Institute

A veces nos gusta que haya un halo de misterio, pero sin conocimiento no se puede hacer gran cosa para resolver los problemas; además, saber cómo funciona algo no resta valor al asombro, sino que lo potencia. Teniendo en cuenta todo lo que puede salir mal entre el momento en que se produce la fecundación y el nacimiento de un bebé sano (y unos padres felices), hasta el punto de que este proceso fracasa en aproximadamente el 70 % de los casos, cuanto mejor comprendamos las primeras etapas del desarrollo del embrión humano, mayores serán nuestras posibilidades de reducir la angustia, la decepción y, en ocasiones, los trastornos debilitantes. 

El trabajo de Oliver Bower y otros miembros del laboratorio de Kathy Niakan es un ejemplo importante tanto de cómo debe llevarse a cabo la investigación como del descubrimiento de nuevos conocimientos sobre la primera semana, más o menos, de nuestros orígenes. Se centraron en un gen llamado NANOG, del que se sabe, gracias a estudios realizados en ratones, que desempeña un papel importante tanto en el epiblasto temprano —un grupo de células que dará lugar al embrión propiamente dicho— como en el saco vitelino, que es uno de los tejidos extraembrionarios que, junto con la placenta, sustenta al primero. La forma más directa de estudiar el papel de un gen específico es inactivarlo, y los métodos basados en el uso de CRISPR/Cas9 ofrecen una forma directa y eficaz de hacerlo. Sin embargo, los métodos CRISPR estándar que crean roturas de doble cadena en el ADN dependen de mecanismos celulares de reparación del ADN que, con demasiada frecuencia, provocan daños cromosómicos, tal y como han demostrado anteriormente el laboratorio de Niakan y otros investigadores. Esto puede dificultar la obtención de conclusiones firmes y suponer un desperdicio de valiosos embriones humanos. Por ello, los autores optaron por utilizar la edición de bases, un método preciso para alterar nucleótidos individuales (letras del código). [Nota: no se trata del primer intento, pero se llevó a cabo con un alto grado de rigor y con resultados estadísticamente válidos.] Bower et al. demuestran que los métodos son precisos y eficaces en el contexto de los embriones humanos. 

Además, al introducir los componentes de edición de bases junto con el esperma durante la FIV (mediante inyección intracitoplasmática de espermatozoides), también evitan en gran medida el mosaicismo, en el que la edición se produce tras la primera división celular, de modo que solo una parte de las células presenta la modificación, lo que también puede complicar la interpretación de los resultados. En cuanto a la función de NANOG, han descubierto que es necesaria para el epiblasto y, por lo tanto, también es esencial para el desarrollo embrionario humano en una fase temprana, pero que es prescindible para el desarrollo del endodermo extraembrionario que da lugar al saco vitelino. Esto se suma a las pruebas de que los genes y los mecanismos que intervienen durante el desarrollo embrionario temprano del ratón y del ser humano pueden ser sustancialmente distintos, lo que hace que no sea adecuado basarse en exceso en los resultados obtenidos con el primero para comprender el segundo. 

Aunque se centra en el papel de NANOG en el embrión temprano, el trabajo sí guarda relación con el concepto de la edición genómica hereditaria, concretamente al demostrar que la edición de bases es muy eficiente, precisa (con una selección rigurosa de los ARN guía) y puede utilizarse de forma que reduzca las preocupaciones sobre el mosaicismo. Todos estos son parámetros que deben ser casi perfectos si alguna vez se quisieran utilizar estos métodos para crear bebés editados. 

Aún no se ha llegado a ese punto y, aunque así fuera, esto no debería intentarse sin una revisión y una supervisión adecuadamente sólidas, así como sin conocer el grado de aceptación pública y las condiciones necesarias; además, tendría que ser legal, lo cual no es el caso en la mayoría de las jurisdicciones.

ES