Manuel Valero
Mi enhorabuena a Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel. En la comunidad neurocientífica hemos recibido la noticia con mucha emoción.
Es, además, un nobel fascinante, que celebra el encuentro entre disciplinas. La historia comienza con la microbiología, con unas algas unicelulares fotosintéticas que utilizan unas proteínas fotosensibles para orientarse y nadar hacia la luz. Peter Hegemann y Georg Nagel identificaron y estudiaron estas proteínas. Karl Deisseroth, psiquiatra de formación, llevó esta idea al cerebro, con la aspiración última de algún día tratar las enfermedades cerebrales con mayor precisión. Mediante técnicas de ingeniería genética, su equipo consiguió expresar estas proteínas de algas en neuronas, haciendo posible controlar su actividad mediante pulsos de luz. Unos años después, utilizaron esta idea para controlar los circuitos cerebrales implicados en el miedo y la ansiedad, cuyas neuronas ahora respondían a la luz gracias a una proteína procedente de un alga.
En menos de dos décadas, la optogenética se ha convertido en una tecnología omnipresente en los laboratorios de neurofisiología y nos ha permitido empujar los bordes entre la ciencia y la ciencia ficción. En animales de laboratorio hemos conseguido controlar emociones, crear recuerdos falsos o incluso recuperar recuerdos perdidos en modelos de enfermedad de Alzheimer. Hasta ahora, una de sus pocas aplicaciones clínicas ha sido la recuperación parcial de la visión en un paciente. Quizá la gran promesa que todavía le queda por cumplir sea precisamente una de sus promesas fundacionales: su capacidad para tratar enfermedades del cerebro humano.