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Jorge Marcos Marcos

Profesor titular del departamento de Psicología de la Salud de la Universidad de Alicante

Que una revista del prestigio de The Lancet dedique una serie a la salud de los hombres me parece, sin duda, una buena noticia, porque contribuye a dar visibilidad a una cuestión que merece mayor atención en el ámbito de la salud pública. Sin embargo, no podemos decir que se trate de un tema novedoso, ya que desde hace décadas contamos con investigaciones que muestran cómo las normas de género y los modelos de masculinidad influyen en la salud de los hombres. Pero no es menos cierto que esta serie representa una oportunidad para situar el debate en un lugar más destacado de la agenda científica y en las políticas de salud. Así que, en general, diría que una de sus principales aportaciones es que reúne evidencias y perspectivas complementarias que permiten comprender mejor las desigualdades en salud, prestando atención no solo a las diferencias entre hombres y mujeres, sino también a las condiciones sociales, económicas y culturales que contribuyen a explicarlas. En este sentido, estamos ante trabajos bien fundamentados, que combinan el análisis de datos epidemiológicos procedentes de fuentes consolidadas con una amplia revisión de la evidencia científica disponible. 

Precisamente, uno de los aspectos que me parece más reseñable de esta serie es que pone de manifiesto la necesidad de ir más allá de las diferencias de salud que observamos entre hombres y mujeres. Algunas de las medidas epidemiológicas utilizadas, como la esperanza de vida o los años de vida ajustados por discapacidad, nos proporcionan información valiosa sobre la magnitud de ciertas diferencias y desigualdades en salud, pero, por sí solas, estas medidas no nos permiten comprender qué hay detrás de ellas. De ahí que quienes nos dedicamos a estos temas insistamos en la idea de que desagregar los datos por sexo es, por supuesto, un primer paso necesario, pero no equivale a incorporar una perspectiva de género. Tampoco debemos olvidar, y creo que esta es otra de las aportaciones más reseñables de la serie, que también se dan desigualdades importantes entre los propios hombres, que pueden quedar ocultas detrás de los promedios poblacionales. 

Por ejemplo, sabíamos que los rasgos hegemónicos de masculinidad, definidos por actitudes e ideales relacionados con la fortaleza, el control y la resistencia a mostrar vulnerabilidad, como ocurre con la represión emocional, pueden fomentar la adopción de comportamientos de riesgo que afectan negativamente la salud de los hombres. En la serie se incide en problemas como la salud cardiovascular, los suicidios, las lesiones o las consecuencias de la violencia; sin olvidar un menor compromiso con las prácticas preventivas y de autocuidado, así como la adopción de estilos de vida poco saludables, como el sedentarismo y el consumo excesivo de determinadas sustancias, como el alcohol. Estos patrones se asocian con tasas más altas de mortalidad prematura en hombres. Es decir, que tenemos evidencias sólidas de que una gran parte de las muertes prematuras en hombres se deben a enfermedades no transmisibles y lesiones. En este sentido, los artículos nos recuerdan que, aunque hay elementos biológicos que, por supuesto, no podemos obviar, una parte importante del mayor riesgo de muerte prematura en los hombres se debe a factores de orden social, sobre los que existe margen para intervenir. 

Estudios previos ya habían mostrado cómo determinados ideales de masculinidad se asocian, por ejemplo, con la reticencia de los hombres a expresar sus preocupaciones de salud; en parte, por la internalización de expectativas sociales que asocian la masculinidad con la autosuficiencia y la fortaleza. De manera que reconocer un problema de salud puede llegar a percibirse como una señal de debilidad, lo cual entra en conflicto con las normas de la masculinidad hegemónica. Esta necesidad de proyectar invulnerabilidad no solo afecta su autoimagen y la percepción pública, sino que también puede limitar la búsqueda de ayuda y el seguimiento adecuado de los tratamientos. No obstante, al hablar de salud desde una perspectiva de género, también es importante considerar otros factores estructurales y psicosociales. Por ejemplo, el impacto del desempleo en la salud mental suele ser mayor en los hombres, en parte, debido a la frustración que pueden llegar a experimentar si consideran que no están pudiendo cumplir con el rol tradicional de ser el proveedor principal de la unidad familiar. 

En este sentido, estos artículos contribuyen a que no se caiga en el error de pensar que hablar de perspectiva de género es hacerlo únicamente de las mujeres. Estas publicaciones en revistas del ámbito de la salud refuerzan la idea de que, en sociedades como la nuestra, que han experimentado importantes cambios sociodemográficos en poco tiempo, el análisis de las identidades de género resulta especialmente relevante. Y lo es porque nos permite comprender de manera más matizada las diferencias y similitudes en los comportamientos y experiencias que afectan a la salud de las personas. En el caso del estudio de las masculinidades, esta línea de investigación destaca los riesgos y problemas de salud que a menudo enfrentan los hombres como consecuencia de la interpretación de su identidad y el mantenimiento de su posición social. Es decir, determinados códigos sociales de masculinidad pueden contribuir a mantener posiciones de privilegio, pero, al mismo tiempo, generar riesgos para la salud de los propios hombres. Este fenómeno es precisamente lo que desde nuestro grupo de investigación hemos conceptualizado como 'el lado oscuro de los privilegios'. 

Esto se hace evidente al observar que las diferencias en salud entre hombres de distintos grupos étnicos, clases sociales o regiones geográficas no pueden atribuirse únicamente a causas biológicas. De ahí que a lo largo de esta serie de artículos también se haya puesto de manifiesto la necesidad de dar a los análisis de género una vuelta de tuerca incorporando un enfoque interseccional. 

La serie también pone en valor que algunos países ya hayan desarrollado estrategias o políticas de salud específicas para los hombres, lo que también supondría un avance importante para España. Se trataría de desarrollar una estrategia que desafíe las normas de género perjudiciales y promueva una participación activa de los hombres en el cuidado de su propia salud y en la de los demás. Para ello, se requiere prestar más atención a políticas e intervenciones que favorezcan la corresponsabilidad de los hombres en los cuidados informales, la crianza, la prevención de la violencia y la salud sexual y reproductiva. Además, integrar la perspectiva de género en la formación sanitaria y en los servicios de salud es clave no solo para eliminar los sesgos de género en la atención sanitaria, sino también para derribar barreras de comunicación y mejorar la adherencia a los tratamientos. 

Por otro lado, aunque una parte importante de la investigación sobre la salud de los hombres se ha centrado tradicionalmente en el análisis de las diferencias comportamentales, considero que diseñar políticas, programas e intervenciones exclusivamente en torno a los comportamientos de riesgo de los hombres refuerza un enfoque de género restrictivo. Asimismo, y en esto la serie resulta muy ilustrativa, avanzar en este ámbito requiere un reconocimiento de las desigualdades en salud que existen entre los propios hombres. Además, reconocer las consecuencias de las formas hegemónicas de masculinidad para la salud de los hombres no debería convertirse, simplemente, en una forma de culpabilización, sino un aspecto que debería guiar el desarrollo de políticas de salud más integrales y sensibles respecto a la incorporación de la perspectiva de género.

ES