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Ruairidh Macleod

Investigador posdoctoral y profesor de Arqueología biomolecular y Paleogenómica en el All Souls College de la Universidad de Oxford (Reino Unido)

Si se menciona la peste, la mayoría de la gente piensa en las características clásicas de la peste negra: peste bubónica, transmitida por las picaduras de pulgas de ratas infectadas, que provoca inflamaciones dolorosas (bubones) que se vuelven negras y necróticas, lo que da nombre a la enfermedad. Pero, en realidad, esta es solo una de las formas en que la bacteria de la peste puede infectar a los seres humanos. En el caso de la peste septicémica, la bacteria entra directamente en el torrente sanguíneo a través de lesiones que rompen la piel y provoca una grave infección multiorgánica que, si no se trata, conduce rápidamente a la muerte. En el caso de la peste neumónica, la bacteria se transmite por el aire al toser e infecta agresivamente los pulmones de las víctimas que la inhalan, lo que también conduce rápidamente a la muerte.  

La peste neumónica representa la mayor amenaza para la salud pública: es la única forma conocida que se propaga rápidamente de persona a persona, y en 1910-1911 un brote mató a unas 60.000 personas en China. Los brotes, mejor controlados en la última década, han seguido causando la muerte de decenas de personas. Tanto la peste septicémica como la neumónica tienen una tasa de mortalidad más elevada (de hasta el 100 %) que la peste bubónica (30-60 %). Aunque la peste negra se considera generalmente como una peste bubónica, algunos historiadores y científicos han argumentado recientemente que otras formas de infección por peste (la neumónica en particular) podrían haber contribuido al altísimo número de víctimas mortales que causó la enfermedad a lo largo de la historia. 

Los brotes históricos de enfermedades pueden proporcionarnos información vital sobre la dinámica de transmisión y la patogenicidad de las enfermedades infecciosas, revelando cómo estas pueden evolucionar y cambiar a lo largo de escalas temporales mucho más amplias de lo que nos permiten apreciar los registros modernos. Lamentablemente, disponemos de registros extremadamente limitados sobre los casos de peste durante la segunda pandemia, cuando la enfermedad era endémica en Eurasia entre los siglos XIV y XIX. 

Un nuevo descubrimiento y análisis de un registro extraordinariamente detallado de los casos durante el brote de peste de 1820 en Mallorca muestra que este brote no se ajusta a lo que cabría esperar de una peste bubónica transmitida por ratas. Utilizando métodos rigurosos propios de la modelización moderna de brotes de enfermedades, los autores concluyen que, por el contrario, la elevada tasa de mortalidad (78 %) y el breve periodo de contagio entre las víctimas implican que las responsables fueron la peste neumónica o la septicémica. Una vez que los primeros casos llegaron a través de marineros infectados, la enfermedad parece haberse propagado bien por la tos (peste neumónica), bien como peste septicémica transmitida por las picaduras de parásitos humanos como los piojos del cuerpo (en lugar de las picaduras de pulgas de roedores, que causan la peste bubónica). Esto supone un importante desafío para la hipótesis de que las epidemias de aquella época estuvieran impulsadas y se mantuvieran por infecciones continuas procedentes de roedores, como la peste bubónica.  

Estos hallazgos también resultan interesantes dado el nivel de modelización estadística que puede aplicarse a estos datos, lo que muestra cómo esta epidemia se vio condicionada por la respuesta de los seres humanos a la enfermedad, y que la situación socioeconómica fue, probablemente, un factor determinante a la hora de contraer la infección (lo que explicaría, por ejemplo, por qué también murieron tantos niños por encima de la tasa esperada).

ES