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Alejandro Pérez Fidalgo

Médico del servicio de Oncología y Hematología del Instituto de Investigación Sanitaria Clínico Valencia (INCLIVA), Hospital Clínico Universitario de Valencia y miembro de los grupos de trabajos Largos Supervivientes y de Adolescentes y Adultos Jóvenes de la Sociedad Española de Oncología Médica

¿El estudio es de buena calidad?  

“Este estudio evalúa el impacto del ejercicio físico, o más bien del sedentarismo, en la incidencia de aparición de cáncer en un grupo de voluntarios. Para ello, un grupo de personas se sometieron a una monitorización exhaustiva de su actividad física durante siete días y luego fueron seguidos durante años para ver si éstos presentaban algún tipo de cáncer. Los voluntarios fueron agrupados según el número de horas de sedentarismo que tenían de media durante un periodo de 24 horas. El estudio tiene varios aspectos de calidad. En primer lugar, incluyó una cohorte muy numerosa de voluntarios/as, con un total de 91.292 participantes todos ellos del Reino Unido. En segundo lugar, el tiempo de seguimiento: estos voluntarios fueron seguidos durante 12,38 años (con un rango de 11,56–13,15 años)”. 

 ¿Tiene alguna limitación que haya que tener en cuenta? Me sale mencionar que la actividad se midió solo durante siete días.  

“Efectivamente hay varios aspectos a destacar como limitación, el primero es este, la actividad solo se monitorizó durante siete días. Lo que hicieran de actividad en esa semana categorizaba al voluntario/a en uno u otro grupo, se basa en que habitualmente todos solemos mantener el mismo nivel de actividad de forma crónica durante años, pero en un porcentaje esto no es así. Las personas pueden modificar su actividad física con cambios en su vida, por lo que la generalización de la actividad de esos siete días es una debilidad.  
El estudio por otro lado se realiza solo en el Reino Unido, por lo que estos resultados quizás no serían tan extrapolables a países con una dieta mediterránea que tiene un efecto más protector frente al cáncer.  

Otra limitación es el hecho de que habitualmente los voluntarios sanos son personas con un mejor estado de salud y tienden a tener un mayor nivel cultural (de hecho, más del 50 % eran universitarios o habían hecho los A-levels, es decir la PAU británica), esto puede hacer que tengan un mayor nivel de actividad física que la media. Un aspecto para destacar es que entre los más y los menos sedentarios hay diferencias, pero mínimas, en términos de tabaquismo o en la dieta que consumen. Normalmente, sería esperable que el sedentarismo estuviera ligado a cambios dietéticos o de mayor consumo de tabaco y alcohol. Este aspecto hace que, en el estudio, el efecto del sedentarismo como tal no se vea influenciado por estas otras variables, pero llama la atención sobre la posible selección de los participantes.  
Finalmente, una limitación importante es que no se conoce cuál fue el motivo de ese sedentarismo identificado en la monitorización, si las horas sentado fue por motivo laboral o sencillamente por estar viendo la televisión en el sofá o por estar sentado conduciendo un vehículo muchas horas”. 

 ¿Qué implicaciones tiene y cómo encaja con la evidencia existente? 

“La verdad es que los resultados son bastante interesantes. El sedentarismo en periodos prolongados (sin interrupciones para hacer otra actividad) ha demostrado que aumenta hasta en un 10 % el riesgo de cáncer, cuando se compara con los que hacen más actividad física. Pero es que el grupo de sedentarismo interrumpido ya reducía el riesgo frente a los que se pasaban horas sentados o acostados estando despiertos. Esto vuelve a poner sobre la mesa la importancia del ejercicio físico en la prevención del cáncer. Los resultados van en la línea de múltiples estudios que sugieren con solidez que el ejercicio físico provoca una serie de procesos metabólicos que posiblemente a través de modulación epigenética del ADN protegen frente al cáncer.  

La novedad que aporta este estudio es que ya no hace falta ser un Rafael Nadal para estar seguro de que se reduce el riesgo de cáncer. Sencillamente reduciendo las horas de sedentarismo prolongado o incluso interrumpiéndolo para hacer algo de actividad moderada ya parece que se contiene esa probabilidad de riesgo de cáncer”.  

¿Cómo encaja también con las corrientes actuales más a favor del ejercicio vigoroso? 

“Yo creo que esto es unos de los puntos más interesantes del estudio: evalúa el ejercicio desde el punto de vista del grado de sedentarismo sin evaluar la intensidad de ejercicio necesaria, sino la reducción de horas parado. Solo con esta comparación sedentario prolongado vs activo ha demostrado una reducción en riesgo de cáncer. Lo que pasa es que, en el grupo de activos, tampoco evaluó esa intensidad de ejercicio por lo que es difícil responder a la pregunta si la intensidad de ejercicio es muy relevante. Lo que que parece importante es que el grupo sedentario, pero que interrumpe los periodos prolongados de sedentarismo conseguía reducir el riesgo de cáncer. Esto pone en relieve, como comentaba antes, que quizás no es tan importante el ser un gran deportista, sino el evitar el sedentarismo para reducir este riesgo.  

¿Hay suficiente evidencia para incluir el ejercicio como tratamiento para la prevención del cáncer?  

“Sin duda. Cada vez más estudios, y este viene a corroborarlo, apuntan a una reducción del riesgo de diferentes tipos de cáncer en personas que realizan ejercicio con regularidad. Pero ahora, con esta nueva publicación, parece sugerir que incluso una estrategia de evitación del sedentarismo prolongado puede tener un impacto en la salud y la reducción del riesgo de cáncer. Quizás una de las implicaciones que podría tener es que las empresas y autoridades propusieren periodos no de descanso, sino de actividad física en aquellas profesiones asociadas a un sedentarismo prolongado. Por ejemplo, una obligatoriedad para taxistas, oficinistas, etc. no de parar cada par de horas a descansar, si no de parar a caminar para promover la salud de sus trabajadores”. 

ES