Francisco López-Muñoz
Catedrático de Farmacología y vicerrector de Investigación y Ciencia de la universidad Camilo José Cela (Madrid), y miembro investigador del Instituto de Investigación Hospital 12 de Octubre y del Instituto de Investigación Sanitaria HM Hospitales (IISHM)
El artículo de Duru et al. contrasta de forma clara con los resultados aportados en numerosos trabajos clínicos y metaanálisis previos, durante los últimos 40 años, que venían sugiriendo un aumento del riesgo (en algunos casos dos veces mayor) de cáncer gástrico asociado al uso de fármacos de la familia de los inhibidores de la bomba de protones (IBP), como el omeprazol. Estos autores ponen de manifiesto que, en muchos casos, estas asociaciones positivas podrían explicarse por limitaciones metodológicas relevantes, como sesgos protopáticos, la inclusión de pacientes con uso del fármaco a corto plazo, la no diferenciación entre cáncer de cardias y otros cánceres gástricos o la falta de ajustes en casos de infección por la bacteria Helicobacter pylori, cuya relación con el cáncer gástrico está perfectamente constatada. De hecho, los análisis de sensibilidad realizados en este estudio reproducen incrementos de riesgo cuando se reintroducen estas limitaciones, lo que apoya la hipótesis de que gran parte de la evidencia previa podría reflejar asociaciones espurias más que un efecto causal real.
A pesar de ser un estudio multicéntrico prospectivo de casos y controles, hay que destacar, desde el punto de vista metodológico, el uso de registros sanitarios nacionales completos de cinco países nórdicos muy consolidados en esta materia (Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia) y la inclusión de más de 17.232 casos de adenocarcinoma gástrico (no cáncer de cardias) y más de 172.297 controles, seguidos durante un período de 26 años, lo que confiere al trabajo una gran potencia estadística y precisión en las estimaciones. Además, la vinculación de los sujetos mediante identificadores personales y la ausencia de datos perdidos reducen de forma notable el riesgo de sesgos clásicos como el de selección o el de recuerdo, frecuentes en estudios observacionales de menor escala. La exclusión explícita de exposiciones a la medicación en los 12 meses previos al diagnóstico y el ajuste por múltiples factores clave, como la edad, el género, tratamiento para la erradicación de Helicobacter pylori, historia de úlcera péptica o diabetes tipo 2, consumo de tabaco y alcohol, obesidad o, consumo de algunos medicamentos refuerzan también la validez interna del trabajo.
Desde el punto de vista de la práctica clínica, los hallazgos aportan resultados tranquilizadores. En pacientes con indicación clara de tratamiento prolongado con IBP (y antagonistas del receptor de histamina tipo 2), especialmente en casos de reflujo gastroesofágico, estos resultados sugieren que no existiría un aumento del riesgo de adenocarcinoma gástrico (no cáncer de cardias) atribuible a este tipo de fármacos, lo que puede contribuir a realizar una toma de decisión más equilibrada y basada en la evidencia, reduciendo miedos infundados, tanto en pacientes como en profesionales sanitarios. No obstante, los autores recuerdan, acertadamente, que el uso prolongado de IBP sigue requiriendo reevaluación periódica por otros posibles efectos adversos conocidos, aunque no relacionados con las neoplasias gástricas.
En relación con las limitaciones, aunque el estudio es sólido, no está exento de ellas. Su diseño de casos y controles, aun basado en registros prospectivos amplios, no permite establecer la causalidad de forma definitiva. Además, no se dispone de información detallada sobre algunos factores potencialmente relevantes, como la dieta (por ejemplo, consumo de sal), antecedentes genéticos familiares u otras variables clínicas relacionadas con la gravedad de la patología gástrica. Asimismo, hay que mencionar que el estudio se basa en poblaciones nórdicas, lo que podría limitar parcialmente su extrapolación a regiones con perfiles epidemiológicos distintos para el cáncer gástrico. Aun así, estas limitaciones no parecen suficientes para invalidar la conclusión principal del estudio.
A modo de conclusión, este trabajo representa una aportación relevante al debate sobre la seguridad a largo plazo de los IBP, al demostrar que, cuando se controlan adecuadamente los sesgos y otros factores distorsionantes, la asociación previamente descrita con el cáncer gástrico parece no sostenerse. Además, su rigor metodológico lo convierte en una referencia importante para reinterpretar críticamente la literatura previa y para guiar la práctica clínica basada en evidencias más sólidas.