Jesús Adrián Álvarez
Actuario y doctor en Salud Pública, gerente actuarial en Ernst & Young (EY) en Dinamarca
¿Cuánto de nuestra esperanza de vida está escrito en nuestros genes? Un nuevo estudio con datos de gemelos sugiere que la respuesta puede ser: más de lo que pensábamos, aunque con importantes matices. Al analizar registros de gemelos de Dinamarca, Suecia y Estados Unidos, los investigadores estiman que aproximadamente el 55 % de la variación en la duración de la vida humana es genéticamente heredable.
Una contribución clave del estudio es la distinción entre mortalidad intrínseca —muertes derivadas de procesos biológicos internos— y mortalidad extrínseca, que proviene de causas externas como accidentes, violencia, infecciones o riesgos ambientales. Mediante modelos matemáticos aplicados a cohortes de nacimiento de gemelos, los autores muestran que la mortalidad extrínseca puede enmascarar sistemáticamente la contribución genética a la longevidad. Cuando las causas externas de muerte se tienen en cuenta, la señal genética se vuelve más clara.
Estos hallazgos refuerzan el vínculo entre genética y longevidad. Sin embargo, deben interpretarse con cautela. Como subrayan los autores, la heredabilidad es una estadística poblacional: se aplica a una población específica, en un entorno determinado y en un momento concreto. No implica que la duración de la vida esté fijada para un individuo. La vida es inherentemente estocástica y la heredabilidad no debe entenderse como una medida determinista. Además, la mortalidad intrínseca y la heredabilidad no se observan directamente, sino que se infieren a partir de modelos estadísticos basados en supuestos sobre la evolución de la mortalidad en las cohortes. Estos modelos no identifican genes concretos ni incorporan datos detallados sobre causas de muerte o información genómica; se centran en modelizar las correlaciones matemáticas de longevidad entre gemelos.
El estudio deja abiertas preguntas fundamentales. Si la longevidad es en parte heredable, ¿qué genes están implicados? Investigaciones en organismos como C. elegans y ratones buscaron ‘genes de la longevidad’ específicos. Estudios más recientes de asociación del genoma completo han identificado variantes relacionadas con la duración de la vida, pero cada una explica solo una pequeña fracción de la variación total. La interacción entre genes, entorno y envejecimiento sigue siendo uno de los mayores desafíos de la biología.
En el plano mecanístico, la complejidad es aún mayor. La salud y la longevidad resultan de la interacción continua entre factores ambientales y respuestas biológicas, moduladas por la expresión génica y la regulación epigenética. Aunque algunas enfermedades, como la de Huntington, muestran claramente el impacto directo de mutaciones genéticas, la mayoría de las muertes responden a una compleja interacción entre susceptibilidad genética, exposición ambiental y adaptación fisiológica.
En última instancia, la pregunta central persiste: ¿cuánto pueden vivir los seres humanos? Si parte de la longevidad es heredada, ¿qué ocurrirá a medida que las sociedades sigan reduciendo la mortalidad externa gracias a los avances médicos? ¿Podrán futuras intervenciones —médicas, ambientales o incluso genómicas— redefinir los límites de la vida humana? La genética importa, sin duda. Pero es solo una pieza de un sistema profundamente interconectado en el que biología, entorno y azar son inseparables.