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Javier Armentia

Astrofísico, comunicador científico y exdirector del Planetario de Pamplona

En 2013, el informático italiano Alberto Brandolini estableció un principio que se viralizó y marca un poco el signo de cómo es la comunicación en estos tiempos. Él escribió: “La cantidad de energía necesaria para refutar tonterías es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirlas” y, aunque sería imposible demostrar esta asimetría (y menos valorarla), he recordado esta ley al leer el demoledor y documentado artículo de Novoplansky y Yizhaq sobre la afirmación de que los eclipses podrían ser predichos por alguna especie vegetal, como la picea de un bosque italiano. 

Cuando en la primavera del año pasado Chiolerio y colaboradores afirmaron haber encontrado que los árboles de un bosque en los Dolomitas eran capaces de presentir que iba a suceder un pequeño eclipse parcial, midiendo una serie de señales eléctricas que se alteraban –más cuando los árboles eran de más edad que en los árboles jóvenes–, la noticia recorrió el panorama de las noticias sorprendentes, esa ciencia curiosa que adorna ahora con profusión los medios y rellena espacios de entretenimiento. 

Tenía los elementos adecuados, empezando por una especie de inteligencia vegetal colectiva, un tema de moda en la ciencia pop de estos últimos años, capaz de comunicar estados relativamente complejos. Jugaba con la ventaja de la atracción que nos producen los eclipses como fenómenos sorprendentes de la naturaleza, algo que siempre ha permitido colar especulaciones dándoles cierta plausibilidad. La Luna, sin duda, un tema que va y viene en su relación con las diferentes fases de la vida y todo tipo de acontecimientos que por más que la ciencia haya desmontado hace siglos seguirá siendo algo relativamente querido. Finalmente, si se dota a todo de un entramado científico suficientemente elaborado, parece que la investigación nos devuelve a la realidad un hecho de resonancias cósmicas. 

Pero desmontarlo, y ese es el trabajo de Novoplanski y Yizhak, exige ir más allá y comprobar si esta apariencia científica se soporta. Cuesta mucho más y de hecho pocas veces alguien llega a tomarse el trabajo de hacerlo; por eso conviene leer este trabajo que va desmontando una por una las suposiciones en las que se basa la afirmación casi sobrenatural inicial. Ni hay mecanismos por los que un pinar pueda reaccionar a pequeñas bajadas de luz que no se producen de manera habitual ni interfieren con los procesos vegetativos, ni las mediciones de esa conducta anticipatoria se explicaban por el eclipse sino por, probablemente, una noche fría sufrida unas horas antes. 

Es gratificante leer cómo desde la racionalidad y el conocimiento experto los autores han hecho este ejercicio que muestra cómo, aunque hay que gastar mucha más energía en desmontar un bulo que en crearlo, la ciencia acaba avanzando con estos pasos que, como parafrasea el título, evitan un eclipse de la razón.

ES