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Alicia Pérez-Porro

Bióloga marina, responsable de interacción política y relaciones institucionales en el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) que ha estado en Ereván (Armenia)

La COP17 de biodiversidad es otro reflejo más de cómo la situación geopolítica y la polarización están dificultando los avances multilaterales de temas ambientales. Llegar a un consenso ha sido muy difícil, las negociaciones se han alargado hasta altas horas de la madrugada y, aunque finalmente se han tomado algunas decisiones, muchas otras se han pasado a la COP18 en 2028 en Ecuador.  

Algo llamativo de esta COP17 ha sido el ataque frontal a la ciencia de algunos países, que se han enrocado en la inflexibilidad a la hora de aceptar e incorporar los resultados de los informes de Nexus y Cambio transformativo de IPBES, aprobados en la plenaria de IPBES 11 en Namibia. Aunque finalmente se ha aceptado incorporar al texto que los resultados de esos dos informes de IPBES “son bienvenidos”, el lenguaje científico se fue diluyendo en las diferentes rondas de negociación. 

Este hecho movilizó a la comunidad científica presente en la COP17 que, junto con un grupo de 55 países más la UE, incluidos los 27 estados miembros, presentó un statement en la plenaria final destacando el papel esencial de las decisiones ambientales y de preservación de la biodiversidad informadas y basadas en ciencia para cumplir con los 23 objetivos fijados por el Marco Global de biodiversidad de Kunming-Montreal.  

ES