Almudena Trucharte Martínez
Investigadora posdoctoral Marie Sklodowska-Curie en la facultad de Psicología de la Universidad de Sheffield (Reino Unido)
Este trabajo resalta la importancia de que la salud mental de las personas LGBTQIA+ no se explica solo por factores individuales, sino por el contexto social y estructural en el que viven. Los autores subrayan el papel del estigma estructural (leyes, normas culturales y políticas institucionales), de la discriminación interpersonal —como el acoso o el rechazo familiar— y de las barreras dentro de los propios sistemas sanitarios, en un momento en que en varios países se están recortando derechos ya consolidados. En mi opinión, la orientación sexual y la identidad de género siguen sin recogerse ni analizarse de forma sistemática en buena parte de la investigación en salud mental, lo que contribuye a invisibilizar estas desigualdades. Esta revisión paraguas, que reanaliza 22 metaanálisis con 398 estudios, ayuda a ordenar la evidencia sobre el tema que hay hasta la fecha. Sus hallazgos más sólidos confirman que las personas lesbianas, gais y bisexuales tienen aproximadamente el doble de riesgo de trastorno depresivo y más del doble de intentos de suicidio que la población heterosexual, y que los adolescentes gais presentan más conductas de dieta y purgativas que sus pares heterosexuales. Dentro del colectivo, las personas bisexuales muestran más ansiedad y autolesiones no suicidas que las lesbianas y gais.
Sin embargo, conviene tener en cuenta que la calidad metodológica de los metaanálisis incluidos es baja o críticamente baja según AMSTAR-2, una herramienta estándar para evaluar la calidad de las revisiones sistemáticas. Esto limita la fiabilidad de algunas de las conclusiones. Cerca del 90 % de los estudios son transversales, lo que impide inferir causalidad o trayectorias, y la evidencia procede, sobre todo, de Norteamérica y se centra más en personas lesbianas, gais y bisexuales que en personas trans y no binarias. No hay datos cuantitativos sobre acceso o calidad de la atención, y casi ninguno sobre trastornos mentales graves. Además, se trata de diferencias entre grupos, no de un riesgo aplicable a cada persona. Aun así, los resultados respaldan la necesidad de una detección precoz y una atención clínica sensible a la diversidad, de medidas contra el estigma y la discriminación, y de más estudios longitudinales que aclaren los mecanismos. Esto podría ayudar a diseñar medidas que reduzcan el estigma social y estructural.