Neus Escobar
Investigadora en el BC3 (Centro Vasco de Investigación sobre Cambio Climático)
El estudio es novedoso en el contexto de la literatura sobre huellas ambientales del consumo porque monetiza los impactos globales por decil de gasto provenientes de un estudio previo. Este calculaba huellas de carbono (CO₂), fósforo (P), nitrógeno (N), consumo de agua dulce y pérdida de biodiversidad asociadas al consumo final en hogares, incluyendo energía, bienes y servicios. Para traducir las huellas de unidades físicas a monetarias, los autores usan valores del Manual de Precios Medioambientales de 2024, lo cual implica ciertas suposiciones para armonizar unidades de impacto o para escalar el valor de los impactos según el PIB per cápita. Todo ello les permite calcular el coste del daño medioambiental total del consumo per cápita del 10 % más rico del mundo (entre 2.300 y 7.500 dólares al año), siendo el de los consumidores en Estados Unidos el más elevado (entre los 19.000 y los 63.000 dólares) y el más bajo el de los consumidores más ricos en India (entre 410 y 1.400 dólares). El estudio concluye que esta cantidad cubriría con creces la financiación necesaria para alcanzar, en su conjunto, los objetivos mundiales de conservación de la biodiversidad para 2030 y los objetivos de mitigación del cambio climático.
En este sentido, el estudio es importante ya que contribuye al debate cada vez más prominente y relevante sobre la desigualdad o la imparcialidad de los objetivos globales de mitigación y sostenibilidad, aportando pruebas de que los consumidores de los países más ricos provocan una mayor degradación medioambiental a escala global, lo que implica que tienen una mayor responsabilidad por sobrepasar los límites planetarios, siendo el cambio climático y la pérdida de biodiversidad los aspectos más importantes.
Al cuantificar estos impactos, el estudio también pone de manifiesto el perjuicio económico causado por la degradación medioambiental, y sugiere que este debería compensarse de alguna manera, teniendo en cuenta que los costes del daño medioambiental son más elevados en los países con un PIB per cápita más alto. Esto también aporta argumentos al debate sobre la insuficiente financiación internacional destinada a abordar las causas medioambientales, ya que, con frecuencia, son los países con un PIB per cápita más bajo, pero con un mayor capital natural, los que deben asumir los mayores esfuerzos de conservación y protección ambiental.
En cuanto a limitaciones, por ejemplo, cabe destacar que el coste estimado de los daños medioambientales se basa en el consumo final, mientras que las personas con mayores ingresos también acumulan más ahorros e inversiones que, de tenerse en cuenta, aumentarían aún más la diferencia entre países y su supuesta responsabilidad a la hora de financiar las iniciativas medioambientales.
Otra limitación se deriva de los supuestos utilizados para cuantificar los daños a la biodiversidad por unidad de Fracción de Especies Potencialmente Desaparecidas (PDF, por sus siglas en inglés: Potentially Disappeared Fraction of species), que, entre otras cosas, se ha calculado sin tener en cuenta los biomas afectados en cada país (lo cual es determinante en la respuesta a la pérdida de especies), mientras que la monetización se calculó basándose en los precios por PDF en Europa, lo cual no es representativo para el resto del mundo. Además, el estudio solo proporciona valores para 2017, mientras que habría sido interesante ver la evolución de los daños y los costes, para evaluar el posible impacto (o la ausencia de este) de unos objetivos climáticos más estrictos.