Javier Peralta
Detectar por primera vez una exoluna (es decir, observar que hay planetas de otros sistemas estelares que tienen sus propias lunas) es un hito de enorme importancia en astronomía. Por un lado, porque nos estarían diciendo que no tenemos que esperar a la tecnología del futuro o a realizar viajes interestelares, sino que podemos observarlas ahora. Y por el otro, porque nos ayudaría a entender cómo se forman los sistemas planetarios. La relevancia es similar a todo lo que vino cuando empezamos la carrera de descubrimientos de exoplanetas, que nos ha ayudado a entender no solo que la formación de planetas es algo mucho más común de lo que pensábamos, sino que la arquitectura de nuestro sistema solar con planetas pequeños orbitando más cerca de la estrella y planetas gigantes orbitando más lejos no es precisamente lo ‘normal’ en otros sistemas estelares.
Sin embargo, los autores admiten que no están seguros de que puedan afirmar con rotundidad que puedan llamar “exoluna” a este cuerpo, ya que es casi tan grande como Júpiter y orbita una enana marrón (que es algo intermedio entre un planeta y una estrella). Sin embargo, opino que precisamente en esta duda radica la relevancia del descubrimiento de Kevin Hoy y su equipo: en observar un cuerpo que desafía nuestra concepción de a qué podemos llamar "luna”. Algo similar sucedió cuando se descubrió que el planeta enano Plutón tenía una luna, Caronte, con un tamaño y masa demasiado grandes para lo que suelen tener las lunas en comparación con los planetas a los que orbitan. A veces, descubrir algo inesperado es incluso más emocionante que descubrir lo que tanto buscabas. Sobre todo, porque nos obliga a replantearnos todo lo que sabemos.