Jesús Francisco García-Gavilán
Investigador en el grupo de Alimentación, Nutrición, Desarrollo y Salud Mental, departamento de Bioquímica y Biotecnología de la Universitat Rovira i Virgili
El Ministerio de Consumo va a prohibir las bebidas energéticas para menores de 16 años, una medida respaldada científica y médicamente desde hace más de una década. Una sola lata de estas bebidas puede contener una cantidad de cafeína equivalente a tres o cuatro cafés expreso, además de otros compuestos, como taurina y guaraná, apenas estudiados en población pediátrica, y de cantidades muy elevadas de azúcar. Múltiples estudios y evaluaciones de riesgo de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) llevan años señalando que los adolescentes alcanzan más rápidamente niveles de cafeína asociados a toxicidad cardiovascular.
Durante la adolescencia, el cerebro atraviesa una fase crítica de desarrollo en el que la ingesta de altas dosis de cafeína, no solo altera de forma significativa la calidad y duración del sueño y el sistema de recompensa dopaminérgico (algo que ya sucede en adultos), sino que además incrementa la vulnerabilidad de los jóvenes a presentar alteraciones en la consolidación de la memoria, problemas de ansiedad, síntomas depresivos e incluso un mayor riesgo de desarrollar conductas adictivas en el futuro. Otra consecuencia es el aumento de las consultas pediátricas por taquicardias, arritmias, síncopes y picos hipertensivos, eventos que antes eran excepcionales.
Estas bebidas no tienen cabida en la dieta infantil y juvenil. Instituciones de referencia en salud pública, como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Asociación Española de Pediatría (AEP), han advertido que los riesgos neurológicos, cardiovasculares y metabólicos superan ampliamente cualquier supuesto beneficio. En este sentido, la regulación no es una medida paternalista, sino un mecanismo de protección frente a estrategias de marketing agresivas dirigidas a una población especialmente vulnerable.