Jesús Francisco García-Gavilán
Investigador en el grupo de Alimentación, Nutrición, Desarrollo y Salud Mental, departamento de Bioquímica y Biotecnología de la Universitat Rovira i Virgili
En este estudio se aborda una cuestión muy interesante en la actualidad nutricional, especialmente relacionada con la sostenibilidad: ¿sustituir alimentos de origen animal por alternativas vegetales implica mantener el mismo aporte de nutrientes? Los investigadores han utilizado datos de consumo de alimentos de más de 3.000 personas del Reino Unido para simular cómo la sustitución parcial o total de la leche, los yogures y los quesos por sus alternativas vegetales afectaría la ingesta de micronutrientes esenciales, como el yodo, el calcio, la vitamina B12 y la riboflavina.
Los autores encontraron que, en un conjunto de productos lácteos comercializados en el Reino Unido, sustituir aproximadamente un tercio de los lácteos podría reducir la ingesta media de yodo entre un 9 % y un 21 %. Esto es especialmente relevante porque el yodo es fundamental para la síntesis de hormonas tiroideas y para el correcto desarrollo neurológico, particularmente, durante la gestación y las primeras etapas de la vida. Uno de los grupos más vulnerables son las adolescentes de entre 14 y 18 años, edades en las que la ingesta de yodo suele ser inferior a los requerimientos.
Un aspecto interesante del estudio es que no se limita a identificar un posible problema nutricional, sino que también valora estrategias para prevenirlo. Por ejemplo, los autores observan que la fortificación de las alternativas vegetales con yodo y otros micronutrientes ayudaría a reducir considerablemente las pérdidas nutricionales asociadas a esta sustitución, y que combinar esta medida con el uso de sal yodada en la elaboración del pan podría mejorar la ingesta de yodo incluso en grupos que ya presentan niveles insuficientes con su alimentación habitual.
No obstante, hay que interpretar los resultados teniendo en cuenta algunas limitaciones. Se trata de un estudio de modelización, es decir, una simulación matemática bajo diferentes escenarios hipotéticos, no de una intervención nutricional en personas. En este caso, los investigadores simularon sustituciones de alimentos gramo por gramo, utilizando datos dietéticos recogidos entre 2016 y 2019 e información nutricional de productos vegetales comercializados en 2020, por lo que no tienen por qué haber considerado adaptaciones nutricionales que pudieran hacer las personas en el resto de su alimentación, cambios en el estado nutricional o la aparición de enfermedades relacionadas con la deficiencia de estos nutrientes.
Otro punto que considerar es que una ingesta estimada inferior a los requerimientos no implica necesariamente una deficiencia clínica y que los resultados corresponden a la población británica, por lo que no pueden extrapolarse directamente a España, donde existen diferencias importantes en los patrones alimentarios, las fuentes de yodo y el uso de sal yodada. Sería interesante realizar estudios similares en la población española, especialmente en niños, adolescentes y mujeres en edad fértil.
El mensaje que me gustaría dejar es que las alternativas vegetales no son necesariamente perjudiciales ni que se deba mantener un elevado consumo de lácteos, sino que la sustitución de alimentos debe planificarse teniendo en cuenta su composición nutricional y no únicamente el origen del alimento. En este sentido, mejorar la fortificación, el etiquetado y la información nutricional de estos productos podría contribuir a que la transición hacia dietas más sostenibles sea también saludable y segura.