Joana Nicolau
Investigadora en el Servicio de Endocrinología y Nutrición, Grupo de Investigación en Enfermedades Vasculares y Metabólicas del Hospital Universitario Son Llàtzer, Instituto de Investigación Sanitaria de las Islas Baleares (IdISBa)
El estudio recientemente publicado en JAMA Network Open que analiza los cambios en los patrones de compra de alimentos tras el inicio de tratamiento con agonistas del receptor del GLP-1 es un trabajo de buena calidad metodológica y con un enfoque innovador. Utiliza datos objetivos de compra procedentes de tickets de supermercado, enlazados con registros de prescripción farmacológica en una cohorte poblacional bien caracterizada, lo que reduce uno de los grandes problemas habituales en nutrición: la dependencia del autorreporte. Desde el punto de vista de la novedad, este trabajo destaca precisamente por analizar el comportamiento de compra, un marcador indirecto pero muy relevante del entorno del comportamiento alimentario real. Hasta ahora, la mayoría de las investigaciones se habían centrado en cambios en la ingesta o en preferencias declaradas; disponer de datos objetivos de consumo a gran escala representa un avance interesante y abre la puerta a nuevas líneas de investigación.
Dicho esto, como ocurre con los estudios observacionales, es importante interpretar los resultados con cautela, ya que el propio diseño no permite establecer una relación causal directa entre el inicio del tratamiento con análogos de GLP-1 (aGLP-1) y el cambio en las elecciones en la alimentación. Es razonable pensar que parte de los cambios observados puedan estar influidos por otros factores concurrentes, como el inicio de un seguimiento médico más estrecho, el asesoramiento nutricional o una mayor motivación para modificar hábitos al iniciar un nuevo tratamiento. De hecho, los autores reconocen esta limitación, así como la ausencia de datos clínicos relevantes como el índice de masa corporal o datos de composición corporal, que ayudarían a contextualizar mejor estos resultados.
Aun así, los hallazgos encajan bien con la evidencia fisiológica y clínica acumulada en los últimos años. Sabemos que los GLP-1 no solo reducen el apetito y aumentan la saciedad, sino que también modulan circuitos centrales relacionados con la recompensa, el control de impulsos y la respuesta hedónica a los alimentos. En este contexto, no resulta sorprendente observar una reducción en la compra de productos ultraprocesados, ricos en azúcares y grasas, y un cambio hacia alimentos menos procesados y con mayor calidad nutricional y aporte proteico. El estudio aporta una pieza más a un puzle que empieza a mostrar que estos fármacos pueden influir no solo en cuánto comemos, sino también en qué elegimos comer.
Una de las preguntas más interesantes que plantea el estudio es si los aGLP-1 pueden facilitar cambios conductuales más profundos y sostenidos. En la práctica clínica, cada vez observamos con más frecuencia que estos fármacos pueden ‘silenciar’ el ruido alimentario, reducir los antojos y disminuir la ingesta emocional, creando una ventana de oportunidad para trabajar hábitos que antes resultaban muy difíciles de modificar. Esto no significa que el fármaco sustituya a la intervención conductual, sino que puede actuar como un facilitador de esta.
En este sentido, el mensaje clave sería que el beneficio máximo de estos tratamientos se alcanza cuando se integran en un abordaje multimodal: farmacología, nutrición, ejercicio y apoyo psicológico. Interpretar los aGLP-1 como una solución puramente ‘biológica’ sería una simplificación excesiva. Estudios como este sugieren que su impacto puede ir más allá del peso corporal, influyendo en decisiones cotidianas que, a largo plazo, son determinantes para la salud cardiometabólica y la calidad de vida.