Juan Ramón Barrada
Psicólogo del Área de Metodología de las Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Zaragoza
Estudios de salud pública, de prevalencia, como este están cargados de pequeñas y grandes decisiones que tomar para poder obtener resultados globales desde investigaciones previas realizadas con métodos no siempre totalmente comparables. Uno puede leerlos pensando en qué tienen de malo (aproximación que no comparto) o en qué podemos obtener de ellos y qué garantías ofrecen los autores.
Respecto a lo que aprender, los datos son claros. Los problemas en salud mental son cada vez más comunes. Esto converge con resultados previos. Es otro punto más en un patrón claro desde hace tiempo, con la ventaja de ser el más actualizado y el que emplea las técnicas de análisis más finas en este momento. Estos incrementos no se presentan todos los trastornos, sino que se concentran en ansiedad, depresión o trastornos de la conducta alimentaria o autismo. En la nota de prensa quizá se presenta el dato que presenta de forma más abultada este patrón: el cambio entre 1990 y 2023 en el total de personas a nivel mundial que viven con alguna condición de salud mental. Cuando se tiene en cuenta el cambio en el número de habitantes en la Tierra en estos más de treinta años y los cambios en, por ejemplo, distribución de las pirámides de edad, el aumento, eso sí, sigue siendo muy abultado.
El equipo investigador busca de forma muy clara tener en cuenta y neutralizar en la medida de lo posible lo que pudiera estar contaminando estos resultados. Detallan sus decisiones en la recogida de datos y análisis y las justifican. Si la pregunta es si el estudio carece de limitaciones, la respuesta aquí (y en casi cualquiera que podamos pensar) es que no; si la pregunta es si lo han hecho lo mejor que se podía con el material disponible y si hay razones para confiar en esas estimaciones, yo considero que sí.
Entre las limitaciones señalaría dos. Por un lado, una inherente a este tipo de investigación en salud mental. Una posible analogía sería intentar estimar cuántas personas altas (o bajas) hay en el mundo. La respuesta a esto es inseparable de dónde pongamos los umbrales y estos siempre van a tener algo de arbitrario. Algo similar pasa con salud mental. Por contra, si uno va a valorar defunciones, la duda de quiénes son calificadas como muertas o no es menor. Eso sí, los autores se mueven con los puntos de corte consensuados por la comunidad científica. Por otro lado, queda clara la necesidad de ampliar la investigación en este campo. Los intervalos de incertidumbre para algunos resultados concretos son relativamente amplios en algunos casos, reflejando que sería necesarias más datos para poder alcanzar estimaciones más afinadas.
La propia nota de prensa marca, de forma indirecta, por qué los trastornos de salud mental, pese a lo comunes que resultan y un patrón creciente, son problemas de salud pública relativamente desatendidos. Su presencia es mayor entre mujeres y menores de edad. Estos no son los colectivos que suelan guiar las políticas públicas. Lo que queda claro es que la idea de que los trastornos de salud mental 'no tienen que ver conmigo ni con nadie de mi entorno' es una idea, cada vez, con menos fundamento.