Luis Cereijo
Profesor ayudante doctor de Educación Física y Deportiva e investigador en Epidemiología y Salud Pública de la Universidad de Alcalá
El estudio publicado por The Lancet Global Health de Strain y colaboradores es de una destacada relevancia para la vigilancia de la inactividad física adolescente a nivel mundial. Sus hallazgos muestran un estancamiento de la inactividad física adolescente a nivel global y una especialmente preocupante persistencia de la brecha de género: mientras los chicos reportan una media de tres días activos por semana, las chicas apenas alcanzan los 2,4 días, una diferencia que se observa de forma generalizada entre regiones.
Si bien, en líneas generales, la nota de prensa se ajusta correctamente a lo reflejado en el estudio, es importante hacer una interpretación correcta del dato del titular. Cuando el estudio habla de que uno de cada cuatro adolescentes reporta 0 días activos a la semana, no refiere científicamente a que sean completamente sedentarios, sino que no cumplen la premisa de los autores de 60 minutos mínimos diarios de actividad física moderada a vigorosa. Esta cifra no es ni mucho menos arbitraria, pero merece ser informado su origen: las recomendaciones de 2020 de la Organización Mundial de la Salud indican un promedio necesario de 60 minutos diarios de actividad física moderada a vigorosa semanales. Sin embargo, el estudio utiliza un indicador de vigilancia epidemiológica basado en las recomendaciones anteriores de 2010, que contabiliza el número de días en los que se alcanzan al menos 60 minutos de actividad física moderada o vigorosa. Este indicador permite analizar las tendencias históricas, pero no equivale directamente al cumplimiento de las recomendaciones actuales de la OMS, basadas en un promedio semanal. Además, los datos son medidos por cuestionarios autorreportados que, si bien cuentan con una gran validez, no son equivalentes a la medición objetiva mediante instrumentos (por ejemplo, acelerometría).
El estudio es robusto metodológicamente: cuenta con una muestra muy significativa, y utiliza modelos estadísticos avanzados que permiten generar estimaciones comparables a lo largo del tiempo. Asimismo, añade un enfoque muy útil en términos de vigilancia epidemiológica, ya que permite ver cómo se distribuyen los días de actividad a lo largo de la semana, lo que permite informar mejor de intervenciones adaptadas a los distintos niveles de actividad. Existen dos elementos que destacar en términos de precaución: (1) la ausencia de datos de la India que, considerando su tamaño poblacional (18 % de la población adolescente mundial), supone una razonable limitación en la cuantificación de estimaciones globales; y (2) que lo datos fueron recogidos mayoritariamente en centros educativos, lo que puede dejar fuera a población no escolarizada ocultando posibles desigualdades. Aunque el estudio identifica importantes diferencias entre países y regiones, la ausencia de análisis por nivel socioeconómico individual o familiar limita su capacidad para caracterizar las desigualdades sociales dentro de cada país. Esto es especialmente relevante porque las diferencias entre países pueden ocultar importantes gradientes sociales internos y porque las políticas de promoción de la actividad física deberían considerar no solo los niveles medios de actividad, sino también cómo se distribuyen entre los distintos grupos socioeconómicos.
Los resultados del estudio de Strain y colaboradores tienen implicaciones especialmente relevantes para la salud pública. Los 15 años de estancamiento en los niveles de actividad física adolescente ponen de manifiesto la necesidad de repensar las estrategias de promoción de la actividad física, superando las intervenciones enfocadas a los cambios de hábitos individuales y apostando por políticas poblacionales que modifiquen las estructuras que moldean las condiciones de vida de la población adolescente. Esto requiere de un abordaje a través de todo el sistema (whole-of-system approach), involucrando la educación, el urbanismo, el transporte, el deporte o la sanidad, para garantizar oportunidades para todas las personas de tener una actividad física accesible y sostenible en sus vidas diarias. En este marco la brecha de género emerge con una enorme relevancia a la luz de los datos, que requiere de un abordaje con perspectiva de género que aborde barreras específicas como los estereotipos asociados a la práctica deportiva, la percepción de seguridad de los espacios de práctica o la distribución desigual de las tareas de cuidado.
Por último, esta investigación pone algo relevante sobre la mesa: no es suficiente saber si estamos aumentando los niveles medios de actividad física de la población; necesitamos conocer quiénes se están beneficiando de las políticas implementadas y quiénes siguen quedándose atrás. Una política o intervención pública puede conseguir aumentar los niveles promedio de actividad física de la población y, al mismo tiempo, consolidar o incluso ampliar la desigualdad. Por ello, es importante profundizar en estudios de desigualdad desagregados que informen políticas equitativas y eviten que el esfuerzo público se pueda estar centrando en mejorar las condiciones de quienes ya disponen de más oportunidades.