Autor/es reacciones

Miquel Llorente

Director del departamento de Psicología de la Universidad de Girona, profesor agregado Serra Húnter e investigador principal del grupo de investigación Comparative Minds

Este trabajo destaca, ante todo, por el valor incalculable de la investigación a largo plazo, algo muy poco habitual en ciencia. Tres décadas de seguimiento ininterrumpido han permitido capturar un fenómeno —la fisión permanente de una comunidad— que es extremadamente raro de observar en la naturaleza. Sin embargo, más allá de la espectacularidad de los datos, es necesario analizar el estudio con cautela científica. Aunque los autores documentan con precisión el ‘cómo’ y el ‘cuándo’ de esta ruptura, el ‘porqué’ sigue siendo, en gran medida, una inferencia basada en correlaciones. Se mencionan factores como el tamaño excesivo del grupo o la muerte de líderes clave, pero no podemos determinar con certeza si estas fueron las causas exactas o simplemente síntomas de una inestabilidad estructural previa no evaluada en el estudio. Una explicación alternativa, que el estudio no aborda, es que lo que estamos viendo no sea una ruptura de una unidad cohesiva (la comunidad), sino el colapso de un equilibrio ecológico: quizás el coste energético y social de mantener un grupo tan grande superó los beneficios de la cooperación, forzando una segregación por pura presión de recursos, más que por una ‘decisión’ social. Hubiera sido interesante, por tanto, valorar de qué manera los factores ecológicos han podido estar relacionados con la separación de la comunidad en dos. 

Igualmente, considero que es fundamental advertir sobre el riesgo de utilizar términos como ‘guerra civil’ para describir estos sucesos. Aunque es una etiqueta atractiva para la comunicación pública, conlleva un peligro evidente de antropomorfismo que puede sesgar nuestra interpretación. La guerra humana implica estructuras ideológicas, identidades simbólicas y objetivos políticos compartidos que no existen de igual manera en los chimpancés. Etiquetar su violencia como tal puede llevarnos a error, ignorando que sus conflictos suelen estar anclados en mecanismos biológicos mucho más directos, como la competencia por el éxito reproductivo o el control territorial físico por el acceso a los recursos ecológicos. El paralelismo con nuestra especie es innegable en lo biológico y demográfico, pero la verdadera relevancia de este trabajo no debería ser ‘humanizar’ a los chimpancés, sino ayudarnos a entender qué mecanismos ecológicos y cognitivos compartimos asociados a los graves conflictos en estas especies. Lo que Ngogo nos enseña es que la violencia intragrupal puede escalar de forma letal cuando se rompen los mecanismos de reconciliación individuales, un hallazgo que subraya que la cohesión social es un proceso frágil que requiere un mantenimiento constante, tanto en su especie como en la nuestra.

ES