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Sandra Doval

Doctora en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid y profesora docente investigadora en la Universidad Internacional de La Rioja

Conocemos desde hace años que el cerebro cambia durante el embarazo o en la adolescencia, y estudios previos del mismo equipo ya habían señalado que ambos procesos comparten un ritmo de cambio similar, pero nunca se había puesto a estas dos etapas junto con la menopausia, que sigue siendo la gran desconocida en este terreno. 

Eso es justo lo que aporta este trabajo. Considera pubertad, embarazo y menopausia y las analiza con la misma vara de medir, dentro de una sola investigación, con grupos de control estables para cada transición. Pubertad y embarazo se parecen más de lo que cabría esperar, ya que ambas conllevan una pérdida de sustancia gris en amplias zonas de la corteza de asociación (prefrontal, parietal y temporal), como si el cerebro se estuviera ‘podando’ y reorganizando de forma parecida en ambos procesos. La menopausia, en cambio, rompe el patrón. En lugar de acelerar esa pérdida, parece atenuarla, al menos durante la propia transición: mientras las mujeres estables pre y posmenopáusicas sí muestran declive de sustancia gris, el grupo que atraviesa la transición no lo muestra. Es un hallazgo que encaja con lo que sabemos de las hormonas sexuales, que aumentan en pubertad y embarazo y disminuyen en la menopausia, y que abre una vía interesante para pensar en la plasticidad cerebral femenina —entendida aquí en un sentido descriptivo, no funcional— como algo que podría ir en ambas direcciones, y no como un simple declive. 

Dicho esto, conviene no sacar conclusiones demasiado categóricas. La pubertad y la menopausia se determinaron con una sola pregunta (si ya tuvo la regla, si ya no la tiene), lo que deja fuera situaciones como la perimenopausia. Por otro lado, las tres muestras tienen orígenes diversos, es decir, proceden de estudios distintos, con escáneres diferentes y tamaños de muestra muy dispares. El volumen de datos de menopausia, procedente del UK Biobank, es enorme comparado con el de las otras dos categorías. Los propios autores son prudentes al interpretar la ausencia de cambio en la menopausia: señalan que podría reflejar una atenuación del deterioro asociado a la edad, pero advierten que los contrastes estadísticos directos no llegaron a ser significativos y que esa lectura es preliminar. Aun con esas cautelas, es un estudio necesario en un área muy desatendida, ya que el cerebro femenino a lo largo de la vida sigue estando infrarrepresentado en neurociencia. Conviene recordar, eso sí, que estos cambios estructurales no implican por sí solos una mejora o un empeoramiento funcional, y que hará falta investigación adicional para saber qué significan realmente para la cognición o la salud cerebral a largo plazo.

ES