Víctor Resco de Dios
Profesor de Ingeniería forestal y Cambio global de la Universidad de Lleida e investigador de Agrotecnio
Cuando envolvemos un termómetro de los de antes, los de mercurio, con una toallita húmeda, medimos lo que se conoce como la ‘temperatura del bulbo húmedo’, y nos dice cuánto baja la temperatura por la humedad. Es decir, indica la capacidad del cuerpo para regular su temperatura por sudor. Llega un momento, cuando la temperatura del bulbo húmedo supera los 26-28 ºC, en que tenemos dificultades para termorregular a través de la sudoración, lo que puede desencadenar el colapso en nuestro organismo.
La última vez que se jugó un Mundial en los Estados Unidos fue en 1994. En ese Mundial, la temperatura del bulbo húmedo superó los 26 °C y 28 °C durante 21 y tres días, respectivamente. Se espera que estas cifras asciendan a los 26 y cinco días para las temperaturas del bulbo húmedo por encima de los 26 y 28 ºC. Esto representa un aumento significativo del riesgo para los jugadores y también para los espectadores.
Ya hemos visto a varios jugadores colapsar por altas temperaturas en competiciones deportivas. Si seguimos sin mitigar el cambio climático, por lo menos deberíamos empezar a adaptarnos a él. En lo que respecta a las competiciones deportivas, esto implica cambiar las fechas de estos campeonatos, como ya pasó en Catar hace cuatro años. También deberíamos repensar las ubicaciones y jugar más partidos en Nueva York y menos en Dallas, por ejemplo.
En el año 2022, Kylian Mbappé y el entonces entrenador del PSG, Christophe Galtier, se rieron de la propuesta de desplazarse en tren hasta Nantes (a 400 km de París) para jugar un partido y así emitir menos que desplazándose en avión. Espero que disfruten en los partidos, y ojalá el Mundial contribuya a que se tomen medidas para frenar el creciente peligro que supone el cambio climático.