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Leticia Baena Ruiz

Investigadora en el departamento de Aguas y Cambio Global del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC)

El informe de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH) introduce el concepto de bancarrota hídrica global como una nueva categoría diagnóstica para describir el estado actual de numerosos sistemas hídricos en el mundo, poniendo de manifiesto la irreversibilidad y el agotamiento del capital natural.  

Llevamos décadas de observaciones sobre sobreexplotación de acuíferos, descenso sostenido del almacenamiento de agua, subsidencia, intrusión salina y degradación de ecosistemas dependientes del agua subterránea. Desde el punto de vista hidrogeológico, la insistencia del informe en que muchos acuíferos no son resilientes en escalas humanas es científicamente sólida y a menudo subestimada en la gestión del agua.  

Aunque es una realidad, y en muchos sistemas hemos cruzado umbrales críticos (los datos GRACE, los registros piezométricos de acuíferos estratégicos y la expansión global de la subsidencia respaldan esta afirmación), el carácter global del término bancarrota debe manejarse con cautela: no todos los sistemas están igualmente degradados y el riesgo es que el mensaje se perciba como homogéneo cuando la realidad hidrogeológica es profundamente heterogénea.  

Como destaca el informe, es cierto que, en muchos sistemas, la normalidad ya no existe. El régimen hidrológico ha cambiado y la base ecológica que lo sostenía ha sido degradada, pero todavía estamos a tiempo de actuar en muchos otros que, aunque se encuentran afectados, pueden ser recuperados si se realiza una correcta gestión. La solución pasa por utilizar menos agua y utilizarla de otra forma. Esto se traduce en aceptar que no todos los usos son compatibles con la recarga real y que no todos los derechos históricos pueden mantenerse. La recarga gestionada, la reutilización o incluso la desalinización pueden ayudar, pero no corrigen una bancarrota si el gasto estructural sigue siendo superior a los ingresos.  

Ante este escenario la pregunta clave es: ¿hemos llegado al punto de no retorno? Lamentablemente, en algunos sistemas, sí, al menos, a escala humana. Los acuíferos compactados no se recuperan, los deltas hundidos no se elevan y los humedales desaparecidos no resurgen. En otros casos, aún es posible estabilizar la situación y evitar daños mayores. El problema es saber identificar y priorizar los sistemas que son reversibles y los que no. 

En el caso de Europa, uno de los mensajes más relevantes del informe es que el continente no está al margen. No es un punto caliente clásico, pero sufre una bancarrota silenciosa: sobreexplotación crónica de acuíferos en el Mediterráneo, intrusión salina en costas, contaminación por nitratos, dependencia creciente del agua subterránea durante sequías y subsidencia en zonas urbanas y agrícolas. La diferencia es que aquí la infraestructura y la gobernanza amortiguan los impactos visibles. Pero el balance sigue siendo negativo en muchos de sus sistemas. 

ES