Elisabet Domínguez
Psicóloga y doctora en farmacología del Hospital de Sant Pau de Barcelona, presidenta de la Sociedad Española de Medicina Psicodélica (SEMPsi) y coordinadora de la iniciativa Psychedelicare en España
¿Qué críticas tienen los manuales publicados hasta la fecha?
“Los distintos DSM han sido herramientas fundamentales para la práctica clínica, pero también han recibido críticas importantes. Históricamente han sido manuales descriptivos y ateóricos, centrados en listas de síntomas y categorías diagnósticas, con poca integración de mecanismos biológicos, psicológicos y sociales. Esto ha hecho que muchos diagnósticos queden descontextualizados y que numerosos pacientes no encajen bien en categorías rígidas, presentando comorbilidades o cuadros mixtos. Además, los trastornos mentales no son entidades ‘naturales’ claramente delimitadas, sino fenómenos complejos y cambiantes, lo que dificulta que un modelo puramente categorial o dimensional capture su verdadera naturaleza clínica.
A ello se suman limitaciones prácticas: dificultades para reflejar la severidad, la evolución en el tiempo y el impacto del contexto vital de cada persona. Aunque el DSM ha priorizado la fiabilidad diagnóstica —es decir, que distintos profesionales lleguen a la misma conclusión—, esto se ha hecho a veces a costa de la validez biológica y contextual. También se le ha criticado su escasa integración de biomarcadores (todavía muy limitados en psiquiatría) y ciertos sesgos culturales derivados de una tradición occidental. Las propuestas actuales de la APA buscan precisamente superar estas limitaciones y avanzar hacia un DSM más dinámico, integrador y cercano a la realidad clínica de las personas”.
¿Qué novedades destaca respecto a las ediciones anteriores?
"La APA propone avanzar hacia un DSM que combine categorías diagnósticas con dimensiones de severidad, factores contextuales y características transdiagnósticas, y que esté preparado para incorporar biomarcadores cuando la evidencia lo permita. Esto supone un giro importante respecto a los DSM anteriores: se pasa de un manual centrado en etiquetas a una herramienta pensada para describir mejor la complejidad clínica, personalizar tratamientos y reducir el ensayo-error en la atención en salud mental”.
Se busca un modelo de diagnóstico, con cuatro dominios interconectados (factores contextuales, biomarcadores, diagnósticos y factores transdiagnósticos). ¿Qué valoración hace de esta novedad?
“Este cambio es, probablemente, uno de los más importantes en la historia del DSM. Por primera vez se asume que un diagnóstico psiquiátrico no puede reducirse a una etiqueta, sino que debe integrar contexto, biología, evolución y experiencia clínica. El modelo de cuatro dominios permite describir a las personas de forma mucho más fiel a la realidad, sin obligarlas a encajar en categorías rígidas que muchas veces no reflejan su sufrimiento ni su trayectoria vital. Desde un punto de vista clínico, es un avance necesario y largamente esperado.
Además, lo más valioso es que no se trata de un modelo idealista o difícil de aplicar, sino de un sistema pensado para la práctica real. Se puede completar con la información habitual de una evaluación clínica, se actualiza con el tiempo y es compatible con los sistemas de salud actuales. En mi opinión, este enfoque marca un cambio de paradigma: pasamos de una psiquiatría centrada en clasificar trastornos a una psiquiatría centrada en comprender personas, lo que abre la puerta a tratamientos más ajustados, más humanos y más eficaces”.
¿En qué puede ayudar en la práctica clínica el nuevo DSM?
“El nuevo DSM puede ser mucho más útil en la práctica clínica porque permite trabajar con la complejidad real de los pacientes, algo que el modelo actual no siempre facilita. Hasta ahora, muchos clínicos se han visto obligados a simplificar cuadros complejos para que encajen en una categoría diagnóstica, perdiendo información relevante sobre la severidad, la evolución o el contexto. El enfoque más flexible del nuevo DSM permite registrar mejor esa realidad clínica sin perder estructura ni utilidad.
En mi opinión, su mayor valor es que combina tres necesidades que antes estaban en tensión: describir bien al paciente, seguir siendo útil para la investigación y abrir la puerta a nuevos avances científicos. Las medidas dimensionales, los indicadores de severidad y la integración progresiva de factores biológicos, contextuales y transdiagnósticos permiten un diagnóstico más vivo y menos rígido. Esto no solo mejora la comprensión clínica, sino que puede reducir el ensayo-error terapéutico y hacer que las decisiones sean más precisas y más ajustadas a cada persona”.