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Alexandra Morales

Profesora titular en el departamento de Psicología de la Salud de la Universidad Miguel Hernández de Elche e investigadora en Centro de Investigación de la Infancia y la Adolescencia

¿El estudio es de buena calidad? 

“El estudio presenta una calidad metodológica elevada. Una de sus principales fortalezas es el diseño longitudinal con una muestra amplia (casi 5.000 participantes). Hace un seguimiento de los participantes desde que tienen 15 años hasta los 24 años. Aborda la relación entre la presión académica y las conductuales de autolesiones, escasamente estudiada de forma longitudinal. Emplean instrumentos validados como el Short Mood and Feelings Questionnaire (SMFQ) para evaluar síntomas depresivos, además de controlar varios factores de confusión relevantes y aplicar análisis estadísticos robustos. Aunque es más apropiado hablar de asociación que de causalidad, ofrece evidencia bien fundamentada sobre el posible impacto de la presión académica en la salud mental de los jóvenes”. 

¿Qué implicaciones tiene y cómo encaja con la evidencia existente? 

“Los resultados refuerzan la idea de que la presión académica percibida por los adolescentes puede ser un factor de riesgo relevante para el desarrollo de síntomas depresivos y conductas de autolesión, con efectos que se extienden hasta la adultez temprana. El estudio sugiere que reducir esta presión académica mediante cambios en el sistema académico o con intervenciones escolares centradas en el bienestar emocional puede mejorar la salud mental infanto-juvenil. 

Los hallazgos amplían y refuerzan la evidencia previa que ya señalaba la relación entre el estrés académico y el malestar psicológico, pero que hasta ahora se basaba mayoritariamente en estudios transversales y con menor calidad (con muestras pequeñas o sin controlar factores de confusión). El diseño longitudinal, con diversas medidas en el tiempo, aporta datos más sólidos sobre cómo esta asociación evoluciona en el tiempo. Principalmente destaca la necesidad de tener en consideración el entorno académico como parte de las estrategias preventivas en salud mental”. 

¿Tiene alguna limitación importante que haya que tener en cuenta? 

“Todos los estudios tienen limitaciones que deben ser consideradas al interpretar sus resultados. Este no es una excepción. En primer lugar, no es posible establecer causalidad entre las variables estudiadas. Aunque se observan tendencias, es más apropiado hablar de asociación, como muy bien hacen los autores. Es decir, aunque el diseño longitudinal fortalece la evidencia, las asociaciones que han observado no permiten afirmar que la presión académica sea la causa directa de los síntomas de depresión o conductas de autolesión.  

En segundo lugar, los datos provienen de una cohorte nacida en 1991-1992, cuya adolescencia transcurrió en un contexto social y tecnológico diferente al actual. Aunque estos adolescentes tuvieron acceso a internet, especialmente a través de cibercafés, chats o plataformas digitales de ese momento, su ecosistema digital no es el mismo que tenemos actualmente. Por ejemplo, no existía el uso tan generalizado de smartphones ni de redes sociales tan influyentes como TikTok, Snapchat o Instagram. Por tanto, aunque estos adolescentes nacidos en los noventa estuvieron expuestos a tecnologías digitales, el nivel de presión social, las formas de interacción social y los estímulos permanentes que hoy tienen los adolescentes son distintos. Esto reduce la aplicabilidad de los resultados al contexto de los jóvenes de hoy.  

En tercer lugar, el uso de autoinformes como único instrumento de evaluación también puede considerarse una limitación. El estado emocional del adolescente y factores como la deseabilidad social pueden influir en las respuestas. A pesar de estas limitaciones, el estudio está bien diseñado y ofrece evidencia sólida sobre un posible factor de riesgo que merece atención.  

Los participantes del estudio nacieron hace s de 30 años. ¿Se puede aplicar a los adolescentes de hoy?  

“Las exigencias evolucionan y se transforman según el contexto social, económico e histórico. Aunque la presión académica continúa siendo un factor relevante, los adolescentes están hoy expuestos a una combinación s amplia y compleja de demandas, muchas de ellas derivadas de su entorno digital y social. Las redes sociales los exponen a comparaciones constantes, a la necesidad de proyectar una imagen idealizada y a buscar validación externa. Todo ello puede ser caldo de cultivo para dificultades emocionales como la ansiedad, así como sentimientos de inseguridad o insuficiencia. 

Probablemente, nos encontramos en un escenario con mayor incertidumbre: con un futuro laboral que se percibe como inestable, la crisis climática como una preocupación real y la pandemia por la covid-19 que dejó secuelas emocionales, bien documentadas por la evidencia científica. Por eso, aunque la presión académica es importante, debe ser entendida como parte de un conjunto más amplio de factores que influyen en la salud mental de los venes”. 

¿El uso de redes sociales en adolescentes está opacando a las demás variables que afectan su salud mental? ¿O las redes tienen ese lugar porque realmente lo merecen? 

“El uso de redes social ocupa un lugar destacado en el debate actual sobre la salud mental de los jóvenes. Un uso intensivo o incluso pasivo (basado en la comparación social) se asocia con síntomas de ansiedad, baja autoestima y alteraciones de sueño. Sin embargo, la salud mental es un fenómeno multifactorial. El efecto de las redes depende del contenido, el tipo de interacción, del contexto familiar y escolar, y el estado emocional previo del adolescente.  

La literatura científica también recoge factores de riesgo y protectores de la salud mental, entre ellos: la presión académica, el entorno socioeconómico, el apoyo familiar, las experiencias de acoso escolar y la calidad del sueño 

Por tanto, aunque es innegable el protagonismo que las redes sociales tienen en la vida cotidiana de los jóvenes actualmente, no debe considerarse de forma aislada. La salud mental resulta de la interacción de factores individuales, familiares, escolares y socioculturales. Su abordaje requiere un enfoque integral que consideren esa complejidad y permita identificar tanto riesgos como factores protectores”. 

ES