Graciela Gómez Nicola
Profesora en el departamento de Biodiversidad, Ecología y Evolución e investigadora del grupo de Evolución y diversidad animal y humana
El avance del conocimiento científico nos ofrece una imagen alarmante: los peces migradores de agua dulce, como el salmón, la anguila o el sábalo, se enfrentan a un colapso global. En su épico viaje entre el océano y el río para alimentarse o desovar, estas especies se topan con miles de obstáculos: presas, embalses, sobrepesca o una degradación de su hábitat que les corta el paso y rompe su ciclo vital. Es una crisis de biodiversidad silenciosa, mucho más grave de lo que la sociedad percibe, que ya ha llevado a la comunidad internacional a exigir medidas urgentes para proteger a 325 especies cuya desaparición amenaza seriamente la salud de nuestros ecosistemas locales y la seguridad alimentaria de muchas comunidades, que dependen históricamente de estas migraciones.
La solución no puede ser local, ya que los peces migradores no entienden de fronteras; de nada sirve proteger un tramo de río si el país vecino no lo hace. Para salvar estas especies, las políticas públicas deben unificarse en una hoja de ruta común y una cooperación internacional real que devuelva la libertad de movimiento a nuestras cuencas fluviales. Es una llamada de auxilio urgente: sin coordinación entre Estados, el viaje de nuestros peces migradores tiene los días contados.