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David Velázquez

Profesor titular en el departamento de Biología de la Universidad Autónoma de Madrid

El trabajo muestra con claridad que Ötzi no es un sistema que se detuvo en el tiempo, como solemos pensar cuando hablamos de momias. Aunque las condiciones de conservación que ha tenido la momia son bastante restrictivas, con una temperatura por debajo de 0 ºC, no ha sido suficiente para anular toda la actividad biológica. El trabajo muestra muy bien que los microorganismos especializados en ambientes fríos, los psicrófilos, pueden crecer en esas condiciones.

La momia funciona como un sustrato biológico en el que, como cabe esperar, se van entrelazando comunidades microbianas de distinto origen y distinta antigüedad en función de las condiciones a las que está expuesta. Los autores consiguen secuenciar restos de microbiota intestinal antigua, microorganismos asociados al glaciar y otros que parecen venir del museo donde está la momia conservada. La identificación de bacterias intestinales antiguas da una referencia muy valiosa para estudiar cómo era el microbioma humano hace unos 5300 años y poder compararlo con comunidades humanas actuales y menos occidentalizadas. Pero, desde el punto de vista aplicado, esto tiene implicaciones importantes para la conservación de restos arqueológicos con tejidos biológicos. Ötzi es una momia excepcional y también un microecosistema en un equilibrio inestable, y su conservación exige pensar no solo en términos físicos de temperatura y humedad, sino también microbiológicos.

ES