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Víctor Resco de Dios

Profesor de Ingeniería forestal y Cambio global de la Universidad de Lleida e investigador de Agrotecnio

El humo de los incendios forestales es un asesino silencioso que, a nivel global, se estima que produce la muerte prematura de 330.000 personas. Como resultado de los incendios de Canadá en 2023, y de los movimientos de las masas de aire, se ha estimado que en Europa fallecieron anticipadamente 22.000 personas. Esto se debe, en gran parte, a la materia particulada fina (PM2.5), esto es, a pequeñas partículas de hollín, resinas y alquitranes que son tan finas que los pulmones no son capaces de filtrarlas y pasan al torrente sanguíneo. Las personas más afectadas son aquellas con patologías previas, como los asmáticos, o las más vulnerables por edad, como los neonatos o ancianos.  

Una de las técnicas más efectivas para gestionar el combustible, y minimizar la probabilidad de megaincendio, está en las quemas prescritas. Estamos hablando de las quemas tradicionales, las de los pastores, pero tamizadas por la ciencia y convertidas en proyecto de ingeniería para maximizar la eficiencia y minimizar los riesgos. Es una forma muy efectiva de reducir el combustible pero, a pesar de su efectividad, estas quemas se han criticado porque también generan humos. Este estudio demuestra cómo los humos producidos en las quemas prescritas son muy menores a las que producen los incendios. Esto es porque, cuando el incendio intercepta una zona tratada, baja su intensidad, lo que aporta una oportunidad a los equipos de extinción y, además, hace que se emitan menos humos. Las quemas prescritas constituyen una técnica de muy bajo coste y alta efectividad. Por tanto, las emisiones de humos en quemas prescritas hacen que los incendios luego emitan mucho menos, así que el balance es positivo. 

En realidad, el estudio no miró quemas prescritas, sino incendios de baja severidad. Esto es relevante porque en la actualidad se está planteando el conducir, o pastorear, a los incendios: cuando ocurren bajo condiciones de baja intensidad, podemos dejar que el incendio queme con seguridad, o conducirlo a donde queramos, ya que es una forma de gestionar el combustible. Es decir, que deberíamos cambiar el paradigma y, en lugar de apagar todos los incendios tan rápido como podamos, deberíamos pastorear algunos incendios. Así logramos gestionar el combustible y, dadas las bajas emisiones de estos incendios, disminuir la contaminación.  

Es de esperar que las otras técnicas de gestión de combustible, como el pastoreo, la gestión forestal o la agricultura también tengan estos beneficios en cuanto a la calidad de aire, pues también son efectivos reduciendo la intensidad del incendio.

ES