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Almudena Trucharte Martínez

Profesora contratada doctora de la Universidad Camilo José Cela, investigadora en el Instituto de Investigación Sanitaria HM Hospitales (Madrid) e investigadora colaboradora en el departamento de Personalidad, Evaluación y Psicología clínica de la Universidad Complutense de Madrid

Es un estudio actual y novedoso realizado en Noruega con una muestra de alrededor de 3,7 millones de individuos en el que se aborda una cuestión de relevancia global: la salud mental de nuestra población joven adulta. A nivel mundial se habla de una tendencia marcada a mayores niveles de ansiedad y depresión en este grupo, pero ¿esta tendencia es real? ¿La salud mental de nuestra población se está deteriorando por cambios a nivel social, familiar o tecnológico?  

En este trabajo, los autores siguen durante 15 años (2010-2024) a individuos de 10 a 46 años, incluyen una cohorte de adultos (31-46 años) como referencia comparativa, y analizan las tendencias en hombres y mujeres a lo largo de todo el periodo, así como pre y pospandemia. La fortaleza metodológica principal es que el sistema de codificación noruego en atención primaria permite distinguir consultas registradas como síntomas (por ejemplo, sentirse ansioso) frente a consultas registradas como trastornos diagnosticados (por ejemplo, trastorno de ansiedad), lo que posibilita comparar ambas trayectorias.  

El principal hallazgo del estudio es una clara divergencia: las consultas por síntomas de ansiedad aumentaron un 286 % (frente a un 46 % para el trastorno de ansiedad) y las consultas por síntomas depresivos aumentaron un 147 %, mientras que el trastorno depresivo se mantuvo estable e incluso descendió ligeramente (4 %). Los aumentos más acusados se observan en mujeres de 16-20 años para síntomas de ansiedad (+475 %) y en adultos de 21-46 años para síntomas depresivos, especialmente tras 2020. Conviene matizar que la aceleración pospandemia no es generalizada: aparece específicamente en los síntomas depresivos en adultos jóvenes, mientras que los trastornos diagnosticados se mantienen estables o incluso decrecen.  

¿Qué está sucediendo? El estudio plantea que el incremento podría reflejar más un cambio en los umbrales de búsqueda de ayuda y en las prácticas de codificación clínica que un deterioro real del bienestar psicológico, aunque no puede descartarse un aumento de los síntomas de salud mental. Las implicaciones son relevantes: cabría replantear los criterios y rutas diagnósticas en atención primaria, y reforzar los programas de psicoeducación e intervenciones psicológicas breves digitales como respuesta más adecuada a un volumen creciente de demanda sintomática que no necesariamente requiere una vía clínica tradicional.   

Como limitaciones, los autores señalan acertadamente que no disponen de medidas de gravedad sintomatológica ni de información sobre atención especializada, por lo que sería deseable complementar este tipo de análisis con cuestionarios autoinformados que aporten información sobre la gravedad y el tipo de síntomas en la población joven adulta.

ES