Los jóvenes piden más ayuda por síntomas de ansiedad y depresión, pero los trastornos diagnosticados no aumentan, según un estudio en Noruega
Un equipo de investigadores ha analizado los datos de consultas sobre salud mental de personas entre los 10 y los 46 años en la atención primaria de Noruega desde 2010 hasta 2024. Así, han observado grandes aumentos en las consultas por síntomas de ansiedad y depresión, sobre todo en jóvenes y más entre las mujeres. Sin embargo, la proporción de consultas codificadas como trastornos solo aumentó ligeramente o se mantuvo estable. Los autores indican que esa diferencia puede deberse a cambios en el comportamiento a la hora de buscar ayuda al sentir malestar psicológico y en las prácticas de diagnóstico, más que a un aumento de los problemas de salud mental. Además, señalan que el creciente volumen de consultas por síntomas supone un reto para los médicos de cabecera, que podría gestionarse mediante psicoeducación o intervenciones digitales. El artículo se publica en el Journal of Epidemiology & Community Health, del grupo BMJ.
Javier José Pérez Flores - noruegos
Javier José Pérez Flores
Profesor del área de Psicobiología de la Universidad de La Laguna
El estudio parte de una fortaleza evidente: trabaja con una muestra muy amplia y con un intervalo temporal suficientemente extenso como para detectar tendencias epidemiológicas relevantes. Este tipo de diseño permite observar cambios en la forma en que los problemas de salud mental llegan a la atención primaria y quedan registrados en los sistemas sanitarios. Sin embargo, precisamente por la amplitud de los datos, conviene ser prudentes con la interpretación. Lo que muestra el estudio no es necesariamente un cambio directo en la prevalencia real de los trastornos mentales, sino un cambio en la manera en que determinados problemas psicológicos se registran, se codifican y posiblemente se abordan dentro del sistema sanitario noruego.
La primera cuestión importante es que estos resultados no son una novedad en el área de estudio. La divergencia entre la prevalencia de síntomas y la prevalencia de diagnósticos ya había sido señalada en la última década. Un ejemplo claro es el trabajo de Archer y colaboradores, publicado en 2022, que describía una tendencia muy similar en Reino Unido en relación con los síntomas de ansiedad. Allí también se observaba un aumento de los registros relacionados con síntomas, sin que ello pudiera traducirse de forma automática en un incremento equivalente de los diagnósticos formales de trastornos mentales.
Esta distinción es fundamental. En el caso del estudio noruego, lo que los datos parecen reflejar es que, entre 2010 y 2024, el aumento de los contactos por salud mental en atención primaria se concentra especialmente en los registros de síntomas de ansiedad y depresión. En cambio, los códigos correspondientes a trastornos aumentan mucho menos o se mantienen relativamente estables. Esa es, en sentido estricto, la conclusión que permiten sostener los datos. Cualquier interpretación adicional (por ejemplo, que habría más sufrimiento, pero no más trastornos, o que los diagnósticos estarían disminuyendo), exige mucha más cautela.
De hecho, el propio estudio de Archer y colaboradores ayuda a entender por qué. En aquel trabajo se incluyeron entrevistas con médicos, y algunos profesionales señalaban que preferían codificar síntomas antes que trastornos para reducir el estigma asociado al diagnóstico psiquiátrico. Esto introduce la posibilidad de que el aumento de la codificación de síntomas no implique necesariamente que haya menos casos diagnosticables, sino que los profesionales estén optando por nombrar esos problemas de otra manera. En otras palabras, una parte del fenómeno podría estar en la práctica de codificación.
Algo parecido ocurre cuando se interpreta el estudio desde la perspectiva de las políticas públicas. A primera vista, podría parecer que estos resultados obligan a replantear profundamente la organización de la atención en salud mental. Sin embargo, también pueden leerse como la consecuencia de políticas sanitarias ya instauradas en Noruega. En 2012, el país impulsó una reforma que dio mayor autonomía a los municipios en la provisión de servicios sanitarios, reforzando un modelo más apoyado en la atención primaria y en los recursos comunitarios.
Esa orientación conecta con el Escalation Plan for Mental Health 2023–2033, que plantea explícitamente la necesidad de reducir el umbral para recibir ayuda y priorizar los servicios municipales frente a un modelo excesivamente centrado en la atención especializada. El propio plan reconoce que muchas personas con problemas de salud mental ya están en contacto con su médico de familia y contempla intervenciones como conversaciones de apoyo, cursos de afrontamiento del estrés o tratamientos breves para formas leves de ansiedad y depresión. Es decir, el sistema noruego parece reconocer una zona intermedia entre el malestar psicológico y el trastorno mental formalmente diagnosticado.
En ese contexto también debe situarse el programa Prompt Mental Health Care, iniciado como piloto en 2012, orientado precisamente a ofrecer tratamiento psicológico en atención primaria para síntomas de ansiedad y depresión leves o moderados. Visto así, el aumento de los registros de síntomas no tendría por qué interpretarse únicamente como una señal de alarma epidemiológica, sino también como el reflejo de una decisión organizativa: identificar antes el malestar, atenderlo en dispositivos más próximos y no esperar necesariamente a que adopte la forma de un trastorno plenamente codificado.
Por tanto, no creo que pueda concluirse que en Noruega haya menos diagnósticos por más sintomatología. Lo que vemos, más bien, es una combinación de cambios en la codificación profesional, ampliación del acceso a la atención primaria y elección de determinados modos de abordar el malestar psicológico. Que esto sea positivo o negativo es otra cuestión. Para valorarlo habría que analizar si estas personas reciben una atención suficiente, si los casos graves se derivan adecuadamente, si se evita la medicalización innecesaria o si, por el contrario, se banalizan problemas que requerirían una intervención más especializada.
La comparación con España también invita a la prudencia. No contamos con un estudio equivalente punto por punto, pero el informe Salud mental en datos del Ministerio de Sanidad muestra dos elementos relevantes. El primero es que la forma de codificar modifica de manera importante la prevalencia registrada de los trastornos. El segundo es que la diferencia entre registrar síntomas y registrar trastornos produce patrones que recuerdan, al menos parcialmente, a los observados en el estudio noruego. Esto sugiere que las cifras administrativas no solo hablan de cuántas personas sufren determinados problemas, sino también de cómo se decide clasificarlos.
Un último dato permite cerrar la cuestión desde otro ángulo. Anmella y colaboradores analizaron la prescripción de antidepresivos en atención primaria en Cataluña entre 2010 y 2019 y encontraron un aumento muy marcado de las prescripciones de antidepresivos, muy superior al incremento de los diagnósticos de depresión. Este tipo de hallazgo plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto importa que el sistema codifique síntomas o trastornos si, en la práctica, el abordaje acaba siendo el mismo?
Esa es, probablemente, la cuestión de fondo. El debate no debería limitarse a si aumentan los síntomas o aumentan los diagnósticos, sino a qué se hace con las personas que llegan a la atención primaria con malestar psicológico. Si se codifican síntomas para reducir el estigma, facilitar el acceso y ofrecer intervenciones breves adecuadas, puede ser una estrategia razonable. Si, en cambio, se codifican síntomas, pero se responde siempre con la misma lógica farmacológica o con una atención insuficiente, el cambio terminológico aporta poco.
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José César Perales
Catedrático en el departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Granada
¿El estudio es de buena calidad? ¿Están las conclusiones respaldadas por datos sólidos?
“Este estudio examina las consultas por motivos de salud mental en una cohorte de 3,7 millones de usuarios del sistema de atención primaria en Noruega a lo largo de varios años (2010-2024). Considera distintos tramos de edad, desde preadolescentes y adolescentes hasta adultos jóvenes, e incorpora un grupo de comparación de adultos entre 31 y 46 años. El análisis distingue entre consultas codificadas como diagnósticos de trastorno depresivo o de ansiedad y aquellas registradas como presencia de síntomas de depresión o ansiedad que no alcanzan la gravedad necesaria para un diagnóstico clínico.
Los datos descriptivos muestran que el aumento en las codificaciones de síntomas durante el periodo analizado supera con claridad al observado en las codificaciones de diagnóstico, esto es, que existe un desacoplamiento evidente entre las dos tendencias, muy a favor de la codificación de síntomas.
El tamaño y la representatividad de la muestra (la práctica totalidad de los habitantes de Noruega en los tramos de edad considerados), junto con la estabilidad de las tendencias, hacen poco probable que esta divergencia responda al azar. Todo apunta a que se trata de un patrón consistente en la población estudiada.
Una interpretación plausible es que el incremento reciente de las consultas relacionadas con la salud mental, y con ello su mayor visibilidad tanto entre profesionales como en el espacio público, obedece en buena parte a cambios en el comportamiento de búsqueda de ayuda por parte de las personas y a modificaciones en las prácticas de codificación clínica. Desde esta perspectiva, el aumento registrado reflejaría menos un cambio en la incidencia subyacente de los trastornos que una transformación en cómo se detectan, se nombran y se registran.
Con todo, conviene matizar esta lectura. Aunque resulta coherente con los datos, no excluye otras explicaciones posibles. Es importante no confundir la calidad y solidez de los datos con la fortaleza de una interpretación concreta de los mismos”.
¿Cómo encaja este trabajo con la evidencia existente?
“El estudio parte de un hecho conocido e incontrovertible: el aumento en los diagnósticos de depresión y trastornos de ansiedad, así como en las consultas por síntomas asociados, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes, puede explicarse en parte por una mayor propensión a buscar ayuda o por una mayor detección. La evidencia disponible respalda esta posibilidad”.
¿Cuáles son sus limitaciones?
“Que exista este fenómeno de inflación diagnóstica no elimina por completo la posibilidad de que también se haya producido un incremento en los problemas de salud mental subyacentes. Sí que explicaría, no obstante, por qué esas tendencias subyacentes parecen ser menos nítidas y universales de lo que se defiende desde determinadas posturas, no siempre estrictamente científicas.
Evaluar esas tendencias de fondo presenta una dificultad ineludible. No disponemos de indicadores objetivos que permitan medirlas de forma directa. Como muestra este trabajo, los diagnósticos por sí solos no informan sobre los casos no detectados, mientras que los estudios basados en autoinformes arrastran limitaciones propias. Entre ellas, destaca un posible cambio en el significado y uso de expresiones como «estar deprimido» o «sufrir ansiedad», que puede llevar a que distintas cohortes interpreten y respondan a las mismas preguntas de forma no equivalente.
En este contexto, cualquier intento de inferir la verdadera evolución de los problemas de salud mental implica un componente interpretativo elevado. Por ello, conviene adoptar una perspectiva acumulativa y considerar el conjunto de la evidencia, procedente de metodologías diversas y con estrategias analíticas distintas. Centrar la discusión en un único estudio reduce el alcance de las conclusiones y aumenta el riesgo de sobrerreacción ante resultados que, por sí solos, no pueden cerrar el debate”.
¿Cuáles son las implicaciones para las políticas públicas?
“En lo que respecta a las medidas a adoptar, conviene mantener una posición prudente sin caer en el alarmismo. La evidencia disponible no respalda la idea de un aumento desproporcionado de los problemas de salud mental en la adolescencia en los últimos años. Una reacción excesiva ante una amenaza percibida puede resultar tan perjudicial como la inacción.
Más allá de la posible sobreinterpretación de las tendencias, la tarea prioritaria consiste en identificar los factores que inciden de forma relevante en la salud mental adolescente y diseñar intervenciones coordinadas sobre ellos. Esto exige modular la intensidad de las actuaciones de acuerdo con el peso que cada factor tiene en la población general o en grupos específicos. También implica evitar explicaciones monocausales y resistir la tentación de concentrar la atención en los determinantes más visibles en detrimento de otros menos aparentes, pero potencialmente más influyentes”.
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Almudena Trucharte Martínez
Profesora contratada doctora de la Universidad Camilo José Cela, investigadora en el Instituto de Investigación Sanitaria HM Hospitales (Madrid) e investigadora colaboradora en el departamento de Personalidad, Evaluación y Psicología clínica de la Universidad Complutense de Madrid
Es un estudio actual y novedoso realizado en Noruega con una muestra de alrededor de 3,7 millones de individuos en el que se aborda una cuestión de relevancia global: la salud mental de nuestra población joven adulta. A nivel mundial se habla de una tendencia marcada a mayores niveles de ansiedad y depresión en este grupo, pero ¿esta tendencia es real? ¿La salud mental de nuestra población se está deteriorando por cambios a nivel social, familiar o tecnológico?
En este trabajo, los autores siguen durante 15 años (2010-2024) a individuos de 10 a 46 años, incluyen una cohorte de adultos (31-46 años) como referencia comparativa, y analizan las tendencias en hombres y mujeres a lo largo de todo el periodo, así como pre y pospandemia. La fortaleza metodológica principal es que el sistema de codificación noruego en atención primaria permite distinguir consultas registradas como síntomas (por ejemplo, sentirse ansioso) frente a consultas registradas como trastornos diagnosticados (por ejemplo, trastorno de ansiedad), lo que posibilita comparar ambas trayectorias.
El principal hallazgo del estudio es una clara divergencia: las consultas por síntomas de ansiedad aumentaron un 286 % (frente a un 46 % para el trastorno de ansiedad) y las consultas por síntomas depresivos aumentaron un 147 %, mientras que el trastorno depresivo se mantuvo estable e incluso descendió ligeramente (4 %). Los aumentos más acusados se observan en mujeres de 16-20 años para síntomas de ansiedad (+475 %) y en adultos de 21-46 años para síntomas depresivos, especialmente tras 2020. Conviene matizar que la aceleración pospandemia no es generalizada: aparece específicamente en los síntomas depresivos en adultos jóvenes, mientras que los trastornos diagnosticados se mantienen estables o incluso decrecen.
¿Qué está sucediendo? El estudio plantea que el incremento podría reflejar más un cambio en los umbrales de búsqueda de ayuda y en las prácticas de codificación clínica que un deterioro real del bienestar psicológico, aunque no puede descartarse un aumento de los síntomas de salud mental. Las implicaciones son relevantes: cabría replantear los criterios y rutas diagnósticas en atención primaria, y reforzar los programas de psicoeducación e intervenciones psicológicas breves digitales como respuesta más adecuada a un volumen creciente de demanda sintomática que no necesariamente requiere una vía clínica tradicional.
Como limitaciones, los autores señalan acertadamente que no disponen de medidas de gravedad sintomatológica ni de información sobre atención especializada, por lo que sería deseable complementar este tipo de análisis con cuestionarios autoinformados que aporten información sobre la gravedad y el tipo de síntomas en la población joven adulta.
- Artículo de investigación
- Revisado por pares
Beck et al.
- Artículo de investigación
- Revisado por pares