José César Perales
Catedrático en el departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Granada
¿El estudio es de buena calidad? ¿Están las conclusiones respaldadas por datos sólidos?
“Este estudio examina las consultas por motivos de salud mental en una cohorte de 3,7 millones de usuarios del sistema de atención primaria en Noruega a lo largo de varios años (2010-2024). Considera distintos tramos de edad, desde preadolescentes y adolescentes hasta adultos jóvenes, e incorpora un grupo de comparación de adultos entre 31 y 46 años. El análisis distingue entre consultas codificadas como diagnósticos de trastorno depresivo o de ansiedad y aquellas registradas como presencia de síntomas de depresión o ansiedad que no alcanzan la gravedad necesaria para un diagnóstico clínico.
Los datos descriptivos muestran que el aumento en las codificaciones de síntomas durante el periodo analizado supera con claridad al observado en las codificaciones de diagnóstico, esto es, que existe un desacoplamiento evidente entre las dos tendencias, muy a favor de la codificación de síntomas.
El tamaño y la representatividad de la muestra (la práctica totalidad de los habitantes de Noruega en los tramos de edad considerados), junto con la estabilidad de las tendencias, hacen poco probable que esta divergencia responda al azar. Todo apunta a que se trata de un patrón consistente en la población estudiada.
Una interpretación plausible es que el incremento reciente de las consultas relacionadas con la salud mental, y con ello su mayor visibilidad tanto entre profesionales como en el espacio público, obedece en buena parte a cambios en el comportamiento de búsqueda de ayuda por parte de las personas y a modificaciones en las prácticas de codificación clínica. Desde esta perspectiva, el aumento registrado reflejaría menos un cambio en la incidencia subyacente de los trastornos que una transformación en cómo se detectan, se nombran y se registran.
Con todo, conviene matizar esta lectura. Aunque resulta coherente con los datos, no excluye otras explicaciones posibles. Es importante no confundir la calidad y solidez de los datos con la fortaleza de una interpretación concreta de los mismos”.
¿Cómo encaja este trabajo con la evidencia existente?
“El estudio parte de un hecho conocido e incontrovertible: el aumento en los diagnósticos de depresión y trastornos de ansiedad, así como en las consultas por síntomas asociados, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes, puede explicarse en parte por una mayor propensión a buscar ayuda o por una mayor detección. La evidencia disponible respalda esta posibilidad”.
¿Cuáles son sus limitaciones?
“Que exista este fenómeno de inflación diagnóstica no elimina por completo la posibilidad de que también se haya producido un incremento en los problemas de salud mental subyacentes. Sí que explicaría, no obstante, por qué esas tendencias subyacentes parecen ser menos nítidas y universales de lo que se defiende desde determinadas posturas, no siempre estrictamente científicas.
Evaluar esas tendencias de fondo presenta una dificultad ineludible. No disponemos de indicadores objetivos que permitan medirlas de forma directa. Como muestra este trabajo, los diagnósticos por sí solos no informan sobre los casos no detectados, mientras que los estudios basados en autoinformes arrastran limitaciones propias. Entre ellas, destaca un posible cambio en el significado y uso de expresiones como «estar deprimido» o «sufrir ansiedad», que puede llevar a que distintas cohortes interpreten y respondan a las mismas preguntas de forma no equivalente.
En este contexto, cualquier intento de inferir la verdadera evolución de los problemas de salud mental implica un componente interpretativo elevado. Por ello, conviene adoptar una perspectiva acumulativa y considerar el conjunto de la evidencia, procedente de metodologías diversas y con estrategias analíticas distintas. Centrar la discusión en un único estudio reduce el alcance de las conclusiones y aumenta el riesgo de sobrerreacción ante resultados que, por sí solos, no pueden cerrar el debate”.
¿Cuáles son las implicaciones para las políticas públicas?
“En lo que respecta a las medidas a adoptar, conviene mantener una posición prudente sin caer en el alarmismo. La evidencia disponible no respalda la idea de un aumento desproporcionado de los problemas de salud mental en la adolescencia en los últimos años. Una reacción excesiva ante una amenaza percibida puede resultar tan perjudicial como la inacción.
Más allá de la posible sobreinterpretación de las tendencias, la tarea prioritaria consiste en identificar los factores que inciden de forma relevante en la salud mental adolescente y diseñar intervenciones coordinadas sobre ellos. Esto exige modular la intensidad de las actuaciones de acuerdo con el peso que cada factor tiene en la población general o en grupos específicos. También implica evitar explicaciones monocausales y resistir la tentación de concentrar la atención en los determinantes más visibles en detrimento de otros menos aparentes, pero potencialmente más influyentes”.