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Javier José Pérez Flores

Profesor del área de Psicobiología de la Universidad de La Laguna

El estudio parte de una fortaleza evidente: trabaja con una muestra muy amplia y con un intervalo temporal suficientemente extenso como para detectar tendencias epidemiológicas relevantes. Este tipo de diseño permite observar cambios en la forma en que los problemas de salud mental llegan a la atención primaria y quedan registrados en los sistemas sanitarios. Sin embargo, precisamente por la amplitud de los datos, conviene ser prudentes con la interpretación. Lo que muestra el estudio no es necesariamente un cambio directo en la prevalencia real de los trastornos mentales, sino un cambio en la manera en que determinados problemas psicológicos se registran, se codifican y posiblemente se abordan dentro del sistema sanitario noruego.

La primera cuestión importante es que estos resultados no son una novedad en el área de estudio. La divergencia entre la prevalencia de síntomas y la prevalencia de diagnósticos ya había sido señalada en la última década. Un ejemplo claro es el trabajo de Archer y colaboradores, publicado en 2022, que describía una tendencia muy similar en Reino Unido en relación con los síntomas de ansiedad. Allí también se observaba un aumento de los registros relacionados con síntomas, sin que ello pudiera traducirse de forma automática en un incremento equivalente de los diagnósticos formales de trastornos mentales.

Esta distinción es fundamental. En el caso del estudio noruego, lo que los datos parecen reflejar es que, entre 2010 y 2024, el aumento de los contactos por salud mental en atención primaria se concentra especialmente en los registros de síntomas de ansiedad y depresión. En cambio, los códigos correspondientes a trastornos aumentan mucho menos o se mantienen relativamente estables. Esa es, en sentido estricto, la conclusión que permiten sostener los datos. Cualquier interpretación adicional (por ejemplo, que habría más sufrimiento, pero no más trastornos, o que los diagnósticos estarían disminuyendo), exige mucha más cautela.

De hecho, el propio estudio de Archer y colaboradores ayuda a entender por qué. En aquel trabajo se incluyeron entrevistas con médicos, y algunos profesionales señalaban que preferían codificar síntomas antes que trastornos para reducir el estigma asociado al diagnóstico psiquiátrico. Esto introduce la posibilidad de que el aumento de la codificación de síntomas no implique necesariamente que haya menos casos diagnosticables, sino que los profesionales estén optando por nombrar esos problemas de otra manera. En otras palabras, una parte del fenómeno podría estar en la práctica de codificación.

Algo parecido ocurre cuando se interpreta el estudio desde la perspectiva de las políticas públicas. A primera vista, podría parecer que estos resultados obligan a replantear profundamente la organización de la atención en salud mental. Sin embargo, también pueden leerse como la consecuencia de políticas sanitarias ya instauradas en Noruega. En 2012, el país impulsó una reforma que dio mayor autonomía a los municipios en la provisión de servicios sanitarios, reforzando un modelo más apoyado en la atención primaria y en los recursos comunitarios.

Esa orientación conecta con el Escalation Plan for Mental Health 2023–2033, que plantea explícitamente la necesidad de reducir el umbral para recibir ayuda y priorizar los servicios municipales frente a un modelo excesivamente centrado en la atención especializada. El propio plan reconoce que muchas personas con problemas de salud mental ya están en contacto con su médico de familia y contempla intervenciones como conversaciones de apoyo, cursos de afrontamiento del estrés o tratamientos breves para formas leves de ansiedad y depresión. Es decir, el sistema noruego parece reconocer una zona intermedia entre el malestar psicológico y el trastorno mental formalmente diagnosticado.

En ese contexto también debe situarse el programa Prompt Mental Health Care, iniciado como piloto en 2012, orientado precisamente a ofrecer tratamiento psicológico en atención primaria para síntomas de ansiedad y depresión leves o moderados. Visto así, el aumento de los registros de síntomas no tendría por qué interpretarse únicamente como una señal de alarma epidemiológica, sino también como el reflejo de una decisión organizativa: identificar antes el malestar, atenderlo en dispositivos más próximos y no esperar necesariamente a que adopte la forma de un trastorno plenamente codificado.

Por tanto, no creo que pueda concluirse que en Noruega haya menos diagnósticos por más sintomatología. Lo que vemos, más bien, es una combinación de cambios en la codificación profesional, ampliación del acceso a la atención primaria y elección de determinados modos de abordar el malestar psicológico. Que esto sea positivo o negativo es otra cuestión. Para valorarlo habría que analizar si estas personas reciben una atención suficiente, si los casos graves se derivan adecuadamente, si se evita la medicalización innecesaria o si, por el contrario, se banalizan problemas que requerirían una intervención más especializada.

La comparación con España también invita a la prudencia. No contamos con un estudio equivalente punto por punto, pero el informe Salud mental en datos del Ministerio de Sanidad muestra dos elementos relevantes. El primero es que la forma de codificar modifica de manera importante la prevalencia registrada de los trastornos. El segundo es que la diferencia entre registrar síntomas y registrar trastornos produce patrones que recuerdan, al menos parcialmente, a los observados en el estudio noruego. Esto sugiere que las cifras administrativas no solo hablan de cuántas personas sufren determinados problemas, sino también de cómo se decide clasificarlos.

Un último dato permite cerrar la cuestión desde otro ángulo. Anmella y colaboradores analizaron la prescripción de antidepresivos en atención primaria en Cataluña entre 2010 y 2019 y encontraron un aumento muy marcado de las prescripciones de antidepresivos, muy superior al incremento de los diagnósticos de depresión. Este tipo de hallazgo plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto importa que el sistema codifique síntomas o trastornos si, en la práctica, el abordaje acaba siendo el mismo?

Esa es, probablemente, la cuestión de fondo. El debate no debería limitarse a si aumentan los síntomas o aumentan los diagnósticos, sino a qué se hace con las personas que llegan a la atención primaria con malestar psicológico. Si se codifican síntomas para reducir el estigma, facilitar el acceso y ofrecer intervenciones breves adecuadas, puede ser una estrategia razonable. Si, en cambio, se codifican síntomas, pero se responde siempre con la misma lógica farmacológica o con una atención insuficiente, el cambio terminológico aporta poco.

ES