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Laura Teruel Rodríguez

Profesora y coordinadora de Periodismo Científico y Medioambiental en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga

El Informe Desinformación científica en España 2026 es un diagnóstico certero y pormenorizado de este fenómeno tan complejo y multidimensional. El panorama no es esperanzador, pero solo conociéndolo con detalle se puede actuar para reducir la incidencia de la seudociencia y de los actores conspiranoicos que, lejos de ser agentes aislados e individuales, operan al servicio de fines políticos y empresariales, amparados por la opacidad de los algoritmos de las redes sociales y el descenso del consumo de medios informativos por parte de la sociedad, con la finalidad de socavar la confianza en la ciencia y en las instituciones democráticas.

Este informe, que capitanea magistralmente una vez más Iberifier en España, concluye, en primer lugar, que la desinformación se ha convertido en un problema del que la sociedad es consciente de manera general: ya no es un suceso anecdótico. El 51,5 % de la población se siente muy o bastante segura para detectar bulos, pero, a su vez, solo el 18,1 % considera que el resto de la población puede detectarlos. Es decir, tenemos más confianza en nuestras capacidades individuales que en las de la población en su conjunto. Sin embargo, la desinformación no es un problema puntual, de los demás, sino una amenaza sistémica y organizada para las sociedades democráticas que solo puede afrontarse mediante un compromiso coordinado cívico, político y empresarial.

En segundo lugar, los bulos se transmiten de forma compleja, aprovechando los múltiples mecanismos por los que recibimos información, especialmente las redes sociales, los canales de vídeo y la inteligencia artificial. Un tercio de la población usa ChatGPT o Gemini semanalmente para informarse sobre ciencia, salud y medioambiente, en proporción similar al porcentaje de personas que lo hace a través de la radio y la televisión. Ese abandono de la consulta a los medios por parte de la audiencia, junto al aumento del consumo accidental —los mensajes aparentemente informativos nos llegan aisladamente, sin buscarlos y, en muchos casos, sin conocer sus fuentes ni su origen, generalmente a través de redes—, debe hacer reflexionar sobre la renuncia de la sociedad a recurrir a informadores creíbles y profesionales.

Y, por último, específicamente en el ámbito científico, esto origina un escenario bipolar: mientras que se mantiene la credibilidad en las personas que se dedican a la ciencia, desciende la de las instituciones y los actores políticos, a quienes se considera responsables de la desinformación de manera destacada (57 %). El descrédito y la polarización de la política son aprovechados por quienes promueven los bulos como palanca para sembrar dudas sobre quienes deben velar por el buen funcionamiento de las instituciones que sustentan nuestra democracia. Para arrojar un poco de esperanza, el 63,8 % apoyaría una restricción gubernamental de la información falsa.

Tenemos el diagnóstico que retrata las debilidades del sistema sociopolítico frente a la desinformación. Ojalá este amplio informe ayude a quienes están intentando diseñar una ‘vacuna’ frente a este problema.

ES