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Tatiana Íñiguez Berrozpe

Profesora titular de Sociología y vicedecana de Tecnologías de la Información y la Comunicación en la facultad de Educación de la Universidad de Zaragoza

Los últimos resultados de PISA han suscitado ya numerosas reacciones aduciendo su descenso al hábito lector, la falta de disciplina, la LOMLOE o, por supuesto, las pantallas y la IA. Simplificar de esta forma puede servir para un titular rápido, pero no si queremos plantear un debate serio y sereno. Reducirlo todo a una cifra impide lo esencial: abrazar la complejidad de una cuestión tan multifactorial como es la educación. 

Antes de discutir los resultados conviene preguntarse quién hace esta prueba y para qué. PISA la diseña la OCDE, que es una organización económica, no educativa. Su objetivo, bajo el prisma neoliberal, es el crecimiento y la competitividad, y su mirada sobre la escuela está en esta línea, ya que mide al alumnado como futuros trabajadores y a los países como economías que compiten entre sí, derivando esa competencia a los consabidos rankings. Preparar para el mercado laboral es una de las funciones de la escuela, según la tradición de la sociología de la educación, pero no es ni mucho menos la única, aunque llevemos años tratándola como tal. 

También hay que ser cautos con lo que mide la prueba y cómo. PISA muestra que los adolescentes leen peor, y es cierto en lo que evalúa. Sin embargo, el Barómetro de Hábitos de Lectura de 2025 dice que la franja de 14 a 24 años es la más lectora de España: un 76,9 % lee libros en su tiempo libre, el porcentaje más alto de todas las edades y seis puntos más que en 2017. Es decir, leen, y bastante. Lo que ha cambiado no es el hábito, sino la capacidad de sostener la atención en textos largos y complejos tal y como se mide en la prueba, que es solo una parte de lo que significa leer. Conviene tenerlo en cuenta porque el discurso de que los jóvenes no leen alimenta el pánico moral. 

Estos resultados van a servir a ciertos sectores para pedir volver a una escuela de contenidos. Pero están usando como prueba un examen que no los mide: PISA evalúa si el alumnado aplica lo que sabe a una situación real, no si lo ha memorizado. De hecho, el enfoque por competencias que hoy se critica salió en buena parte de la propia OCDE, que señala que los sistemas que mejor resisten no son los que priorizan disciplina o contenidos, sino los que trabajan menos materia, pero con más hondura. Tampoco faltan las voces que achacan los resultados a la legislación educativa española, pero los datos ya comenzaron a ’empeorar’ antes de su implementación y el descenso es generalizado en la OCDE. 

Otras reacciones culpan unánimemente a los móviles o a la IA. Pero quienes más han bajado en España son el alumnado de familias con más recursos: pierden 33 puntos en lectura, frente a 15 los más desfavorecidos. La propia OCDE admite que las diferencias sociales se han estrechado porque bajan los de arriba, no porque suban los de abajo. Eso no lo explican ni los móviles ni la IA. Tampoco explica este paradigma antitecnológico que Estonia, uno de los sistemas más digitalizados del mundo, sea el país de la OCDE con mejores resultados en Ciencias después de Japón, o que Japón y Corea, con adolescentes hiperconectados, encabecen casi todas las tablas. Lo decisivo no es cuánto se usa la tecnología, sino para qué y con qué acompañamiento. 

Por último, los titulares no lo destacarán, pero hay variables en las que España está en los primeros puestos mientras países de alto rendimiento quedan muy por debajo: el sentimiento de pertenencia al centro, la convivencia, los niveles muy bajos de bullying, la perseverancia o la curiosidad. Esto es lo que el ranking no recoge, y es buena parte de lo que una escuela hace cada día. Sin duda, también debería ser un objetivo prioritario de la educación.

ES