Eduardo Rojas Briales
Profesor de la Universitat Politècnica de València y exsubdirector general de la FAO
¿Las conclusiones de la investigación están respaldadas por datos sólidos?
“El artículo es de buena calidad científica y metodológicamente consistente, así como alineado con otras investigaciones en la misma área geográfica. Está redactado de forma precisa y objetiva”.
¿Hay limitaciones en el análisis?
“Existen limitaciones en el enfoque ya que no presta la suficiente atención a otras variables que no sean las climáticas (como podrían ser, por ejemplo, las históricas). En toda Norteamérica, la población aborigen, desde su llegada —coincidente con el fin de la última glaciación—, realizaba quemas controladas sistemáticas a lo largo de todo el territorio. Fue la colonización blanca la que suspendió estas quemas por motivos como la dispersión de enfermedades, la concentración en reservas, los conflictos, la erosión de derechos, etc.
Ello llevó a más de un siglo de abandono del fuego prescrito y del saber hacer de la población autóctona, lo que provocó que la gestión forestal se limitase al aprovechamiento intensivo, donde se daba una mínima accesibilidad, pero no se realizaban ni repoblaciones ni tratamientos selvícolas posteriores. El aumento de los incendios generó una política de extinción sistemática a partir de la década de 1960.
A todo ello se fueron sumando las políticas de los espacios protegidos estrictos, donde la acumulación de combustible fue aún mayor, especialmente como consecuencia de las campañas de finales de 1980 para salvar a la lechuza moteada (spotted owl), que prohibieron las cortas en amplios territorios.
En paralelo, los efectos del cambio climático llegaron a los bosques norteamericanos en las décadas de 1980 y 1990 con afecciones muy fuertes de escolítidos (coleópteros), lo que generó enormes acumulaciones de combustible fino muerto, el componente ideal para megaincendios. Debe recordarse que, a diferencia de Europa, solo en la costa del Pacífico y Alaska llega la influencia marina. En el resto de Norteamérica boreal el clima es mucho más seco durante el período vegetativo que en Eurasia, tanto en términos de precipitación como de humedad ambiental.
El período de observación que emplea el artículo (entre 2002 y 2021) es relativamente corto para este tipo de análisis, probablemente, debido a la carencia de información precisa de la calidad requerida.
Cuando comenta la tendencia de concentración de la mayor superficie quemada en muy pocos fuegos, este hecho se había predicho ya en el marco del proyecto FIRE PARADOX hace 20 años poniendo en evidencia que una política centrada solo en la extinción, además de costosa, tiene muy poco recorrido.
Finalmente, cabe indicar que los inventarios forestales nacionales de Canadá y Estados Unidos no confirman la reducción de los stocks de biomasa forestal en ambos países hasta la fecha”.
¿Cómo repercuten estos hallazgos en los incendios de España?
“España tiene un clima diferente y una mucha mayor densidad poblacional, lo que impide trasladar las conclusiones del estudio directamente. Sí que es cierto que el cambio climático amplía las ventanas para grandes incendios, por lo que mantener el territorio gestionado reduciendo las continuidades verticales y horizontales es clave. El hecho de que Norteamérica sea el continente con mayor presencia de rayos como causa de incendios comporta un interés para el interior montañoso de España, especialmente en el noreste, donde esta causa está detrás de muchos de los mayores incendios y requiere una mayor atención por su clara tendencia creciente”.
¿Cómo influyen las especies arbóreas (coníferas en este caso) a la propagación de incendios o a su posterior recuperación?
“En climas boreales, las coníferas son las especies más maduras (climácicas) por su resistencia al frío, mientras que las contadas especies de frondosas o colonizan zonas húmedas o tienen una mera función pionera (abedul), algo menor en el caso de Norteamérica por la menor humedad ambiental.
Por otro lado, una buena parte de los bosques boreales norteamericanos están formados por alerces (Larix) que son bastante menos combustibles. Un aspecto puntual del artículo es la mención a una sola especie (Populus tremuloides) como una posible alternativa. Sin embargo, no considera que una expansión decidida fuera de su área podría ser muy forzada y podría comportar otro tipo de riesgos, incluida la posible falta de viabilidad”.