La rápida propagación de los incendios extremos puede provocar cambios en la vegetación a largo plazo

Un estudio publicado en Science Advances ha demostrado que las áreas afectadas por incendios forestales extremos –caracterizados por una rápida expansión y gran dificultad de extinción– tienen una menor cobertura arbórea y una capacidad de recuperación más reducida respecto a incendios menos intensos, lo que puede provocar cambios a largo plazo en la vegetación. El equipo analizó 32,1 millones de hectáreas de bosques de coníferas de Canadá y el oeste de Estados Unidos que sufrieron incendios entre 2012 y 2023. De esa superficie, más de un tercio se quemó tras incendios extremos. En estos casos observaron que, cuanto mayor es la velocidad a la que avanza el frente, mayor es el tamaño, la severidad del fuego y la distancia a las fuentes de semillas de los árboles supervivientes, lo que allana el camino para cambios a largo plazo en la vegetación. 

Reacciones

Fernando Ojeda - incendios Norteamérica

Fernando Ojeda

Catedrático del departamento de Biología (Área de Botánica) de la Universidad de Cádiz e investigador del grupo 'Ecología, evolución y conservación en los ecosistemas terrestres' (ECOTER)

Science Media Centre España

El artículo muestra cómo los incendios en los bosques de coníferas de las regiones boreales y montañosas de Norteamérica son cada vez más extensos, severos y se propagan a mayor velocidad. A pesar de las limitaciones metodológicas derivadas del uso exclusivo de datos satelitales y de su resolución espacial relativamente gruesa, como los propios autores reconocen, los resultados son contundentes. El aumento de días con meteorología extrema por el cambio climático, sumado a la mayor densidad de árboles provocada por décadas de supresión total del fuego, ha creado el escenario perfecto para la incidencia de megaincendios en estos bosques boreales y montanos de coníferas. Para revertirlo, los autores proponen restaurar incendios de baja severidad mediante el aclareo de árboles y el uso de quemas prescritas. 

Este trabajo invita a reflexionar sobre la situación de los incendios en la península ibérica. La forestación masiva de pinos durante la segunda mitad del siglo XX ha colocado extensas plantaciones homogéneas de coníferas, en muchos casos, con elevadas densidades de árboles asociadas a un abandono de su gestión, en un paisaje mediterráneo donde el fuego —otro fuego— es un componente intrínseco del ecosistema. Es cierto que en la península tenemos pinares autóctonos (como las masas naturales de Pinus pinaster o P. halepensis), pero la gestión del siglo XX los 'domesticó' y los propagó, forestando hasta lo indecible para maderizar el monte a gran escala, olvidando las consecuencias a largo plazo. Si a esta continuidad del combustible le sumamos el incremento de días con clima extremo por el cambio climático, el resultado era previsible: megaincendios ingobernables. No es solo cuánto arde, sino cómo arde. Estas masas forestales continuas destruyen el mosaico natural, homogeneizan el paisaje y empobrecen la biodiversidad. Y, cuando se queman, destruyen la resiliencia del territorio. Eso sí, resultaron muy productivas. La pregunta es: ¿para quién?

No declara conflicto de interés
ES

José Pipo - incendios Norteamérica

José V. (Pipo) Roces-Díaz

Profesor en la Universidad de Oviedo, investigador en el Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (IMIB) del CSIC-Universidad de Oviedo

Science Media Centre España

Muchas veces, lo que preocupa a la comunidad científica en relación con el cambio global no es (solo) la magnitud de los cambios, sino la velocidad a la que se producen. Esto es aplicable a muchos procesos, desde la tasa de extinción de especies hasta la de acumulación de CO₂ en la atmósfera.

Y es que en los últimos años (y semanas), durante algunos episodios de incendios forestales particularmente problemáticos, hemos oído hablar en los medios de eventos en los que el fuego se mueve muy rápido y se propaga a velocidades anormalmente altas. Esto resulta particularmente preocupante cuando quienes hablan de ello son las personas que se ocupan directamente de la extinción de los incendios, por razones obvias.

Un grupo de científicas/os del fuego, con una gran experiencia analizando los incendios forestales, su ecología y sus impactos en Norteamérica, se preocupa en este trabajo también por la velocidad. En este caso, tratan de buscar relaciones entre la velocidad de propagación de los incendios y algunas de sus otras características (por ejemplo, sus efectos ambientales). Para ello, han recopilado datos asociados a casi 3.500 incendios que han tenido lugar durante más de una década en el oeste y las regiones boreales de Norteamérica, en zonas arboladas dominadas por especies de coníferas. Cabe destacar que esta amplia zona de estudio incluye, en general, territorios donde el fuego es, de forma natural, un elemento clave y frecuente en el funcionamiento de los ecosistemas.

El conjunto de datos que utilizan parece sólido e incluye una amplia variabilidad ambiental, pero, pese a esa heterogeneidad, el patrón de los resultados parece bastante coherente. En general, encuentran una relación positiva entre la velocidad de propagación y la severidad del fuego, que es una buena medida de los impactos del incendio. Es decir, los incendios que se propagan más rápido están asociados también, a priori, a impactos más fuertes.

Los incendios de comportamiento extremo son cada vez más frecuentes en buena parte del planeta e incluso son observados en zonas en las que nunca se habían registrado (o donde eran muy poco frecuentes). Por lo tanto, constituyen una de las principales preocupaciones de la comunidad científica. Lo son tanto por sus efectos sobre la sociedad (por ejemplo, pérdida de vidas y de bienes materiales), como por sus impactos sobre los ecosistemas, su funcionamiento ecológico y sus valores naturales. Este trabajo añade una pieza más para entender estos incendios: no solo importa cuánto queman o con qué intensidad lo hacen, sino también la velocidad a la que se propagan, ya que todas estas variables están relacionadas entre sí.

Declara no tener conflicto de interés
ES

Eduardo Rojas Briales - incendios norteamérica

Eduardo Rojas Briales

Profesor de la Universitat Politècnica de València y exsubdirector general de la FAO

Science Media Centre España

¿Las conclusiones de la investigación están respaldadas por datos sólidos?

“El artículo es de buena calidad científica y metodológicamente consistente, así como alineado con otras investigaciones en la misma área geográfica. Está redactado de forma precisa y objetiva”.

¿Hay limitaciones en el análisis?

“Existen limitaciones en el enfoque ya que no presta la suficiente atención a otras variables que no sean las climáticas (como podrían ser, por ejemplo, las históricas). En toda Norteamérica, la población aborigen, desde su llegada —coincidente con el fin de la última glaciación—, realizaba quemas controladas sistemáticas a lo largo de todo el territorio. Fue la colonización blanca la que suspendió estas quemas por motivos como la dispersión de enfermedades, la concentración en reservas, los conflictos, la erosión de derechos, etc.

Ello llevó a más de un siglo de abandono del fuego prescrito y del saber hacer de la población autóctona, lo que provocó que la gestión forestal se limitase al aprovechamiento intensivo, donde se daba una mínima accesibilidad, pero no se realizaban ni repoblaciones ni tratamientos selvícolas posteriores. El aumento de los incendios generó una política de extinción sistemática a partir de la década de 1960.

A todo ello se fueron sumando las políticas de los espacios protegidos estrictos, donde la acumulación de combustible fue aún mayor, especialmente como consecuencia de las campañas de finales de 1980 para salvar a la lechuza moteada (spotted owl), que prohibieron las cortas en amplios territorios.

En paralelo, los efectos del cambio climático llegaron a los bosques norteamericanos en las décadas de 1980 y 1990 con afecciones muy fuertes de escolítidos (coleópteros), lo que generó enormes acumulaciones de combustible fino muerto, el componente ideal para megaincendios. Debe recordarse que, a diferencia de Europa, solo en la costa del Pacífico y Alaska llega la influencia marina. En el resto de Norteamérica boreal el clima es mucho más seco durante el período vegetativo que en Eurasia, tanto en términos de precipitación como de humedad ambiental.

El período de observación que emplea el artículo (entre 2002 y 2021) es relativamente corto para este tipo de análisis, probablemente, debido a la carencia de información precisa de la calidad requerida.

Cuando comenta la tendencia de concentración de la mayor superficie quemada en muy pocos fuegos, este hecho se había predicho ya en el marco del proyecto FIRE PARADOX hace 20 años poniendo en evidencia que una política centrada solo en la extinción, además de costosa, tiene muy poco recorrido.

Finalmente, cabe indicar que los inventarios forestales nacionales de Canadá y Estados Unidos no confirman la reducción de los stocks de biomasa forestal en ambos países hasta la fecha”.

¿Cómo repercuten estos hallazgos en los incendios de España?

“España tiene un clima diferente y una mucha mayor densidad poblacional, lo que impide trasladar las conclusiones del estudio directamente. Sí que es cierto que el cambio climático amplía las ventanas para grandes incendios, por lo que mantener el territorio gestionado reduciendo las continuidades verticales y horizontales es clave. El hecho de que Norteamérica sea el continente con mayor presencia de rayos como causa de incendios comporta un interés para el interior montañoso de España, especialmente en el noreste, donde esta causa está detrás de muchos de los mayores incendios y requiere una mayor atención por su clara tendencia creciente”.

¿Cómo influyen las especies arbóreas (coníferas en este caso) a la propagación de incendios o a su posterior recuperación?

“En climas boreales, las coníferas son las especies más maduras (climácicas) por su resistencia al frío, mientras que las contadas especies de frondosas o colonizan zonas húmedas o tienen una mera función pionera (abedul), algo menor en el caso de Norteamérica por la menor humedad ambiental.

Por otro lado, una buena parte de los bosques boreales norteamericanos están formados por alerces (Larix) que son bastante menos combustibles. Un aspecto puntual del artículo es la mención a una sola especie (Populus tremuloides) como una posible alternativa. Sin embargo, no considera que una expansión decidida fuera de su área podría ser muy forzada y podría comportar otro tipo de riesgos, incluida la posible falta de viabilidad”.

 

Declara no tener conflicto de interés
ES
Publicaciones
Faster, bigger, more severe: Extreme wildfire spread sets the stage for forest ecosystem change in western and boreal North America
    • Artículo de investigación
    • Revisado por pares
Revista
Science Advances
Autores

Coop et al.

Tipo de estudio:
  • Artículo de investigación
  • Revisado por pares
Las 5W +1
Publica
FAQ
Contacto