Fernando Ojeda
Catedrático del departamento de Biología (Área de Botánica) de la Universidad de Cádiz e investigador del grupo 'Ecología, evolución y conservación en los ecosistemas terrestres' (ECOTER)
El artículo muestra cómo los incendios en los bosques de coníferas de las regiones boreales y montañosas de Norteamérica son cada vez más extensos, severos y se propagan a mayor velocidad. A pesar de las limitaciones metodológicas derivadas del uso exclusivo de datos satelitales y de su resolución espacial relativamente gruesa, como los propios autores reconocen, los resultados son contundentes. El aumento de días con meteorología extrema por el cambio climático, sumado a la mayor densidad de árboles provocada por décadas de supresión total del fuego, ha creado el escenario perfecto para la incidencia de megaincendios en estos bosques boreales y montanos de coníferas. Para revertirlo, los autores proponen restaurar incendios de baja severidad mediante el aclareo de árboles y el uso de quemas prescritas.
Este trabajo invita a reflexionar sobre la situación de los incendios en la península ibérica. La forestación masiva de pinos durante la segunda mitad del siglo XX ha colocado extensas plantaciones homogéneas de coníferas, en muchos casos, con elevadas densidades de árboles asociadas a un abandono de su gestión, en un paisaje mediterráneo donde el fuego —otro fuego— es un componente intrínseco del ecosistema. Es cierto que en la península tenemos pinares autóctonos (como las masas naturales de Pinus pinaster o P. halepensis), pero la gestión del siglo XX los 'domesticó' y los propagó, forestando hasta lo indecible para maderizar el monte a gran escala, olvidando las consecuencias a largo plazo. Si a esta continuidad del combustible le sumamos el incremento de días con clima extremo por el cambio climático, el resultado era previsible: megaincendios ingobernables. No es solo cuánto arde, sino cómo arde. Estas masas forestales continuas destruyen el mosaico natural, homogeneizan el paisaje y empobrecen la biodiversidad. Y, cuando se queman, destruyen la resiliencia del territorio. Eso sí, resultaron muy productivas. La pregunta es: ¿para quién?