Eduardo Rojas Briales
Profesor de la Universitat Politècnica de València y exsubdirector general de la FAO
La nota de prensa refleja correctamente el contenido del artículo. El estudio es de calidad y sus conclusiones son sólidas. No obstante, y aunque cita la interacción de los elementos afectados —diferentes tipologías de perturbaciones, su interacción, los efectos de la gestión forestal y su tendencia, el cambio del clima en cada lugar la aparición de plagas hoy no conocidas, continuidad del abandono agrícola, etc.— recomiendan ser prudentes en extraer conclusiones a tan largo plazo. Por ejemplo, aunque se indica que los incendios se incrementarán, existen países en Europa que han reducido tanto su número como la extensión de los mismos (España), especialmente en términos de área cubierta de bosques, no tanto de terreno forestal desarbolado. Cabe recordar que un año percibido como catastrófico (2025) se quemaron 100.000 ha, que es sensiblemente menos que lo que crece el bosque naturalmente y por repoblaciones cada año, aportando estas últimas apenas un 15% del aumento de la extensión de bosques. Otra cuestión es que en otras zonas no mediterráneas se incrementen los incendios comparado con el pasado, especialmente en el límite entre mediterráneo y templado y entre templado y boreal. También debe considerarse que la estadística de incendios contabiliza incendios cuyo efecto es similar a una quema prescrita que no tiene necesariamente que comportar un daño ambiental grave.
Debe recordarse que el súbito aumento de los derribos por vientos huracanados a partir de 1990 también se ha debido al aumento de la superficie de bosques y de las existencias en las anteriores décadas y a la ausencia de claras en masas jóvenes por la carencia de demanda de este tipo de dimensión de madera, aspecto que ha cambiado en las últimas décadas.
La resiliencia de los bosques al viento, incendios y plagas se refuerza mediante una gestión forestal adecuada, lo que depende de la demanda de madera y biomasa de un lado, la vertebración de la propiedad forestal y de las trabas o apoyo que las políticas incidentes apliquen en cada momento aspectos complejos de modelizar al corresponder a las ciencia sociales.
Todos los inventarios forestales en Europa no confirman la esperada reducción de existencias (stocks) ni el rejuvenecimiento de los bosques sino todo lo contrario, si bien, el incremento de stocks se ralentiza por el cambio climático y porque la edad media de los bosques es cada vez mayor aspecto que también reduce la tasa de crecimiento de stocks.
Un aspecto difícilmente contrastable es aseverar que el período 2001-2020 haya sido el más intenso de perturbaciones respeto a los últimos 170 años careciéndose de información a escala europea para contrastarlo. Además, debe recordarse que hace 170 años existía una fracción de los bosques que existen actualmente —50% o menos— con lo que la comparación sería también sesgada.
Las implicaciones para el mundo rural son considerables. Si se centra la respuesta meramente en el cambio climático se desaprovecha la oportunidad para reforzar la resiliencia de los boques aprovechando la extracción de madera y biomasa y con ello su doble beneficio ambiental: menor riesgo de perturbaciones y menores emisiones de carbono por el efecto substitución y secuestro de carbono en usos de larga duración. Especialmente las claras de masas jóvenes resultan claves al igual que el uso de las quemas prescritas y la ganadería para reducir el riesgo de grandes incendios. Otro aspecto que también reforzaría —especialmente en la frontera entre el clima mediterráneo y templado— la resiliencia sería proseguir la conversión mediante técnicas de resalveo de montes bajos y medios hacia montes altos —muy extensos en Francia e Italia—, aspecto que los modelos ignoran completamente.