Fernando Fernández Aranda
¿El estudio es de buena calidad? ¿Están las conclusiones respaldadas por datos sólidos?
“El manuscrito es de muy buena calidad, tanto a nivel metodológico como por las bases que utiliza: una amplia muestra internacional, métodos epidemiológicos validados y sólidos. Las conclusiones principales están respaldadas por los datos disponibles. Si bien los grupos especialistas en trastornos de la conducta alimentaria (TCA) prácticamente no están representados, sí lo están grupos de reconocido prestigio a nivel internacional, tanto en epidemiología como en salud pública”.
¿Cómo encaja este trabajo con la evidencia existente?
“Confirma el aumento global de los trastornos alimentarios y ratifica la mayor afectación en mujeres y jóvenes, en concordancia con estudios actuales. Muestra una expansión relevante en países no occidentales, especialmente en Asia. Este hecho lo contemplamos especialmente a raíz de la covid-19 y el importante aumento de TCA a nivel global”.
¿Qué impacto tiene la prevalencia de anorexia y bulimia según esta investigación?
“Hay aproximadamente 18 millones de personas afectadas en 2023, con un incremento del 71 % en el número de casos desde 1990. Evidencias actuales lo avalan. La mayor carga se concentra en adolescentes y adultos jóvenes. Actualmente vemos cada vez más adultos de edades avanzadas: el 25 % de nuestros casos presenta edades superiores a 45 años, y ello ha ido incrementándose a lo largo de los años.
La bulimia aporta una mayor proporción de discapacidad global que la anorexia”.
¿Hay alguna limitación importante que se deba tener en cuenta?
“No incluye el trastorno por atracón (BED), que está extendiéndose en mayor medida en población general, ni otros TCA (OSFED). Hay escasez de datos en algunos países de ingresos bajos y medios. Parte de las estimaciones dependen de modelos estadísticos y las predicciones a 2050 deben interpretarse con cautela”.
¿Qué implicaciones tiene?
“Justifica reforzar la detección precoz y el tratamiento especializado, y apoya la necesidad de más recursos para TCA. Refuerza la visión de que obesidad y trastornos alimentarios comparten factores de riesgo y mecanismos transdiagnósticos, por lo que deberían abordarse de forma cada vez más integrada”.