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Fernando Ojeda

Catedrático del departamento de Biología (Área de Botánica) de la Universidad de Cádiz y responsable del grupo de investigación Función, Ecología y Biodiversidad en Ecosistemas Mediterráneos en el Instituto de Investigación Vitivinícola y Agroalimentaria (IVAGRO)

Gran parte de los ecosistemas mediterráneos son pirófilos. Es decir, no solo son resilientes a los incendios, sino que su biodiversidad y funcionalidad dependen de la presencia recurrente de incendios. Muchas especies vegetales han desarrollado mecanismos de persistencia y regeneración que solo se activan tras el fuego. Esta interdependencia se extiende a la fauna, que encuentra nichos ecológicos vitales en paisajes modelados por el fuego. No obstante, la relación positiva entre biodiversidad y fuego es delicada y depende de un equilibrio preciso en el régimen de incendios. La magnitud de los incendios forestales de 2025, con cerca de 700.000 hectáreas afectadas entre España y Portugal, se aleja de dicho equilibrio y es realmente alarmante. El informe JRC-EFFIS de la Comisión Europea sugiere condicionantes climáticos (fire weather index) como factores explicativos de dicha magnitud. Sin embargo, la extensión y severidad de un incendio no dependen solo de la meteorología, sino de la continuidad y la inflamabilidad de la vegetación que el fuego encuentra a su paso. Las modificaciones antrópicas del paisaje a través de plantaciones forestales extensas y homogéneas, principalmente de pinos y eucaliptos, han creado una arquitectura de biomasa combustible altamente peligrosa.              

El informe JRC-EFFIS indica que las formaciones que presentan una mayor superficie de área quemada en España y Portugal no son las formaciones de coníferas, donde se incluyen las plantaciones forestales, sino las denominadas other natural land, que incluyen matorrales y pastizales. Esto parece contradecir lo expresado anteriormente. Sin embargo, sabemos que las plantaciones forestales se asocian a los niveles más elevados de severidad de los incendios, lo que favorece la ignición de la vegetación adyacente y, sobre todo, compromete la regeneración natural posincendio. Durante gran parte del siglo XX, la gestión del medio natural en la península ibérica priorizó la forestación y reforestación sobre la diversidad estructural en el medio natural. Ello ha conllevado una pérdida de heterogeneidad paisajística y biodiversidad asociadas a un incremento de biomasa altamente inflamable, potenciando el riesgo de incendios catastróficos, especialmente bajo condiciones extremas de aridez y temperatura. Entender que la homogeneización del paisaje es determinante en la extensión y severidad de los incendios es fundamental para transitar hacia una gestión territorial que reduzca la vulnerabilidad de nuestros ecosistemas y fortalezca su resiliencia y funcionalidad ante el nuevo escenario climático.

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