Fernando Ojeda
Catedrático del departamento de Biología (Área de Botánica) de la Universidad de Cádiz e investigador del grupo 'Ecología, evolución y conservación en los ecosistemas terrestres' (ECOTER)
Lamentablemente, sí que me esperaba un verano así en cuanto a incendios y el que viene no será muy distinto. Eso es lo esperable cuando se plantan extensiones de pinos o eucaliptos en un paisaje mediterráneo. Eso es lo que se ha hecho en muchas zonas de la península ibérica (incluyo a Portugal) desde mediados del siglo XX. Si a eso le sumamos los valores extremadamente altos de temperatura y extremadamente bajos de humedad asociados a las olas de calor estivales (una de las caras del cambio climático actual), el cóctel está servido.
Es curioso que todo el mundo mira al pirómano/descerebrado/descuidado que inició el fuego, pero nadie señala a quien puso allí ese extenso pinar o eucaliptal; en muchos casos, deficientemente gestionados. De hecho, rara vez se menciona la conexión de la extensión y severidad de los incendios con la continuidad alarmante de forestaciones de pinos (o eucaliptos) en el paisaje. Y la hay. El reciente incendio de la Mierla (Guadalajara, 2026) es un ejemplo ilustrativo. El daño ambiental de esas plantaciones es previo al incendio, pero culmina con el incendio.