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Javier J. Pérez Flores

Profesor e investigador del departamento de Psicología Clínica, Psicobiología y Metodología de la Universidad de La Laguna

El estudio parte de una fortaleza clara porque reúne investigaciones que hasta ahora estaban repartidas entre distintos problemas de salud mental y diferentes poblaciones. En concreto, integra 22 revisiones que abarcan 398 estudios y aplica criterios comunes para valorar la consistencia de sus resultados. Esto permite observar qué desigualdades aparecen de manera más estable y cuáles cuentan todavía con un respaldo limitado. Sin embargo, conviene distinguir entre la calidad del procedimiento utilizado para reunir y analizar esa información, y la calidad de las investigaciones de las que procede. Una revisión bien organizada sigue dependiendo de las limitaciones de los datos disponibles de los que parte. 

La primera cuestión importante es que la existencia de estas desigualdades no constituye una novedad. La revisión de King y colaboradores, publicada en 2008 e incluida en este trabajo, ya encontraba una mayor frecuencia de depresión y conducta suicida en personas lesbianas, gais y bisexuales. La aportación del nuevo estudio consiste en ordenar ese conocimiento acumulado, evaluar su consistencia y mostrar que las diferencias no se distribuyen de manera uniforme dentro del colectivo. Esto último tiene interés porque hablar de las poblaciones LGBTQIA+ como si compartieran las mismas experiencias y necesidades puede ocultar diferencias relevantes. 

Entre los resultados más consistentes se encuentra una frecuencia de depresión aproximadamente dos veces mayor, y de intentos de suicidio, unas dos veces y media mayor durante el último año en personas lesbianas, gais y bisexuales respecto a los grupos de comparación. También se observan más síntomas de ansiedad y autolesiones sin intención suicida en personas bisexuales que en lesbianas y gais. Estas cifras describen diferencias entre las poblaciones estudiadas. No permiten anticipar la situación de una persona concreta ni significan que esos problemas tengan una relación directa o deriven de vivencias asociadas a su orientación sexual. 

Algo parecido ocurre con los resultados sobre alimentación. Entre los chicos adolescentes gais se encuentran más conductas de dieta y purga que entre los heterosexuales. Aquí es importante precisar qué se ha medido porque una conducta relacionada con un trastorno alimentario no equivale, por sí sola, a un diagnóstico. Por ejemplo, conocer la frecuencia de determinadas prácticas para controlar el peso no permite concluir cuántas personas cumplen los criterios de anorexia o bulimia.  

Además, hay que tener un cuidado especial derivado de los estudios de partida. Todas las revisiones incluidas recibieron una valoración de calidad baja o críticamente baja. Los autores señalan problemas en las búsquedas empleadas en los estudios previos, en la justificación de los estudios excluidos y en la consideración de posibles sesgos. Esto no demuestra que las desigualdades sean falsas, pero sí obliga a matizar la expresión 'evidencia de alta credibilidad'. En este trabajo, esa expresión se refiere al cumplimiento de determinados criterios estadísticos. Que varios estudios encuentren resultados parecidos aporta confianza, pero no elimina posibles errores compartidos en la selección de participantes o en la forma de evaluar los problemas. 

También hay que ser prudentes al interpretar las causas. La mayoría de los estudios ofrecen una fotografía de un momento determinado (son transversales). Esto permite observar que dos grupos presentan diferencias, pero resulta insuficiente para reconstruir cómo se han producido. Los autores interpretan los hallazgos desde modelos que destacan el papel del estigma, la discriminación y el rechazo. Esa interpretación encaja con la investigación previa, pero esta revisión no determina cuánto explica cada factor. Además, buena parte de los datos procede de Norteamérica y los resultados más sólidos se concentran en poblaciones lesbianas, gais y bisexuales. Por tanto, no sería adecuado trasladar todas las cifras directamente a España ni extenderlas por igual a todas las personas incluidas bajo las siglas LGBTQIA+. 

Desde la perspectiva asistencial, el trabajo refuerza la necesidad de reconocer estas desigualdades y atender a las circunstancias de cada persona. Por ejemplo, puede orientar a los profesionales a explorar experiencias de rechazo, apoyos disponibles o dificultades para pedir ayuda, junto con los problemas que motivan la consulta.  

En el ámbito de las políticas públicas, los resultados respaldan prestar atención tanto a las necesidades asistenciales como a las condiciones sociales que pueden perjudicar el bienestar. Sin embargo, el estudio no compara intervenciones ni permite establecer cuál sería la más eficaz. Tampoco encontró revisiones con metaanálisis que cumplieran sus criterios para evaluar el acceso a la atención en salud mental. Para valorar la respuesta sanitaria habría que estudiar si las personas reciben ayuda cuando la necesitan, si esa atención se ajusta a sus dificultades y si encuentran barreras o experiencias de discriminación dentro del propio sistema. Identificar una desigualdad es un paso necesario; comprobar que las medidas adoptadas consiguen reducirla requiere una evaluación adicional. 

ES