José Ramón Alonso
Catedrático de Biología Celular de la Universidad de Salamanca e investigador principal en el Instituto de Neurociencias de Castilla y León
El trabajo es excelente y las conclusiones son importantes y suponen un claro avance en nuestra comprensión de las alteraciones que se producen durante el desarrollo prenatal en el cerebro de una persona con síndrome de Down.
Asumimos desde hace décadas que el cerebro de una persona con síndrome de Down presenta diferencias frente a una persona neurotípica: menor volumen total, menor volumen del cerebelo e hipocampo y menor densidad neuronal en la corteza cerebral. Este artículo aclara en buena medida qué está pasando, incluyendo variaciones en tipos neuronales. Estas diferencias generan cambios funcionales como una discapacidad cognitiva leve-moderada, dificultades en memoria y habla y una alta predisposición a sufrir en la madurez, en torno a los 60 años, la enfermedad de Alzheimer. Este trabajo sienta las bases para una mejor comprensión de la mecanística patológica de estos procesos, en particular un incremento de las neuronas intratelencefálicas y un descenso de las neuronas corticotalámicas.
Genera un atlas molecular de los cambios en la expresión neuronal en las semanas en las que se forma la corteza cerebral identificando tipos celulares. Es una auténtica hoja de ruta para analizar en más detalle procesos clave como la proliferación (generación de una población suficiente de neuronas), migración (las células formadas se mueven hasta su destino definitivo), formación de conexiones (sinaptogénesis), supervivencia celular, desarrollo de patrones de actividad, etc. El trabajo nos detalla a nivel celular qué es lo que sucede en el desarrollo de ese cerebro y proporciona una explicación sólida sobre los cambios en esos procesos clave que se producen en el síndrome de Down. El número de células analizadas es importante, pero la variabilidad individual es siempre alta. Abre la puerta para muchos otros trabajos. También es importante para el futuro ver los cambios en otras ventanas temporales, previos y posteriores al periodo analizado. Además, será necesario analizar cambios generados por variables prenatales, perinatales y posnatales durante el desarrollo del sistema nervioso en personas con Down (infecciones virales, microbiota, alimentación, dificultades en el parto...).
A corto plazo va a incrementar el interés por el neurodesarrollo prenatal y los genes, proteínas y células implicadas. Es importante recordar también que estamos hablando de cerebros humanos, no modelos animales donde las diferencias están siempre presentes. Por así decirlo, esta información no debe ‘traducirse’ a humanos, es en humanos.
A largo plazo va a impulsar la conexión entre los aspectos genéticos, moleculares y celulares, por un lado, la anatomía y fisiología de la corteza cerebral, por otro, y los aspectos comportamentales como resultado de esos procesos. Un ejemplo sería la mayor susceptibilidad a la enfermedad de Alzheimer de las personas con síndrome de Down, por qué se produce, qué cambia en el desarrollo, qué pasa en los tipos celulares analizados…
Los autores plantean algo sensato, con atractivo para el futuro, pero sin caer en una sobrevaloración de las posibilidades. Los listados de genes nos dan pistas de algunos nuevos candidatos y la identificación de procesos e interacción entre proteínas puede señalar algunas dianas terapéuticas. Dicho eso, no sabemos corregir la mayoría de los procesos alterados y nuestro arsenal metodológico es limitado. Hay que ser especialmente cuidadosos con las familias donde existe alguien con síndrome de Down, en no generar falsas expectativas. Es necesario combinar esperanza y prudencia: avanzamos y sabemos más, pero la aplicación clínica no está en el horizonte próximo.