Manuel Fernández Navas
Profesor titular en el departamento de Didáctica y Organización Escolar de la facultad de Educación de la Universidad de Málaga
Este artículo vuelve a mostrar, a mi juicio, un problema frecuente en la investigación educativa reciente y la deriva que esta ha tomado a raíz de dos cuestiones que han confluido en el tiempo. Por un lado, la influencia de determinadas perspectivas de la evidencia y la causalidad muy vinculadas a los diseños experimentales y cuasiexperimentales y, por otro, el auge del capitalismo académico.
Tenemos 23 metaanálisis, más de 2,8 millones de menores de 64 países y un aparataje de análisis estadísticos enorme para concluir que existe asociación entre un mayor tiempo de pantalla y algunos resultados en desarrollo, rendimiento o salud mental.
No obstante, la pregunta que me surge es: ¿cuánto nos ayuda realmente todo esto a comprender el fenómeno estudiado y, sobre todo, a tomar decisiones a partir de su comprensión? Muy poco, porque este tipo de investigaciones pueden describir con enorme precisión determinadas asociaciones, pero describir una asociación no equivale a comprender el fenómeno que la produce.
Saber que dos cosas están asociadas nos dice relativamente poco sobre por qué lo están, mediante qué mecanismos o en qué condiciones. Y el problema, en esta investigación concreta, se agrava cuando miramos qué estamos llamando ‘tiempo de pantalla’. Bajo esa categoría agrupa experiencias radicalmente distintas: ver vídeos de forma pasiva, jugar, crear, hablar con familiares, relacionarse con amigos, utilizar redes sociales o realizar una actividad educativa. Los propios autores reconocen que buena parte de la investigación mezcla actividades cualitativamente diferentes y que dimensiones fundamentales como el contenido, el contexto o las características concretas del uso quedan fuera de sus análisis.
El problema, por lo tanto, es más profundo que una simple limitación metodológica. Está en la forma en la que delimitamos el problema de investigación. Cuando nos preguntamos qué efectos tiene el ‘tiempo de pantalla’ ya hemos tomado una decisión teórica importante: convertir experiencias tecnológicas enormemente diferentes en una misma variable cuantificable. Lo que decidimos medir condiciona la medida y, antes aún, nuestra propia construcción del fenómeno. Hemos construido ‘las pantallas’ y ‘el tiempo’ como una cuestión homogénea y como categorías relevantes para explicar el fenómeno. A partir de esa construcción teórica, diseñamos la investigación.
Podemos pasarnos la vida aumentando el tamaño de las muestras, acumulando estudios y sofisticando enormemente los análisis estadísticos. Pero ninguna de esas cosas resolverá un problema conceptual en la construcción del objeto de estudio. No nos ayudará a comprender el fenómeno y, por lo tanto, tampoco a tomar decisiones a partir de su comprensión.
Esto hace especialmente significativo algo que el propio artículo encuentra: heterogeneidades extraordinariamente altas en muchos de los resultados.
A esto se añade el problema de la causalidad. La mayor parte de los resultados son correlaciones (en educación es muy difícil establecer causalidad, de ahí que los métodos experimentales y cuasiexperimentales tengan especiales limitaciones en este ámbito) y los propios autores advierten expresamente de que no puede concluirse que las pantallas causen los resultados observados.
Por eso vuelvo a la pregunta anterior: ¿qué decisión concreta podemos tomar con esta información?, ¿que hay que reducir ‘las pantallas’?, ¿cuáles?, ¿para hacer qué?, ¿en qué edades?, ¿en qué contextos?, ¿sustituyendo qué actividad? Si determinadas formas de uso pueden ser perjudiciales y otras beneficiosas (algo que el propio artículo contempla), saber que ‘más tiempo de pantalla’ se asocia estadísticamente con determinados resultados nos dice más bien poco. De hecho, los propios autores plantean la posibilidad de que experiencias beneficiosas y perjudiciales estén incluso contrarrestándose cuando todas ellas se agregan bajo la categoría ‘tiempo de pantalla’.
Hay, además, algo del artículo que me resulta especialmente llamativo. Reconoce prácticamente todas estas limitaciones y, sin embargo, a la hora de establecer las implicaciones de sus resultados parece actuar como si estas tuvieran muchas menos consecuencias de las que acaba de reconocer explícitamente. Reconoce que está agregando fenómenos muy diferentes, que faltan variables fundamentales para entender el uso y que la evidencia es predominantemente correlacional, pero termina presentando el uso de pantallas como el factor que modificar y defendiendo que los resultados pueden orientar actuaciones sobre el uso digital de los menores.
Hay aquí, además, una paradoja interesante. Cuando llega el momento de explicar las asociaciones que encuentra, el propio artículo tiene que recurrir a posibles mecanismos que su diseño no permite estudiar directamente: desplazamiento del sueño, de la actividad física o de la interacción presencial, procesos de comparación social, características de diseño de las plataformas, etc. Es decir, cuando queremos pasar de describir qué está asociado con qué a intentar comprender por qué, necesitamos precisamente aquello que este tipo de investigación no estudia.
Quizá el problema es que necesitamos menos investigación dedicada a seguir preguntando cuánto ‘tiempo de pantalla’ se asocia con un determinado resultado y mucha más orientada a comprender los porqués: qué hacen realmente niños y adolescentes con la tecnología, qué significado tiene para ellos y ellas, para qué la utilizan, con quién, en qué contextos y mediante qué procesos determinados usos terminan siendo beneficiosos o perjudiciales.
Y eso probablemente exige también otro tipo de investigación. Si queremos comprender mecanismos, contextos, experiencias y significados, necesitaremos mucha más investigación cualitativa (o mixta) y no solamente seguir aumentando muestras y añadiendo capas de sofisticación estadística. El problema es que esa investigación es bastante menos vistosa de cara a su publicación en revistas de impacto (y aquí tocaría hacer una crítica al sistema de publicaciones científicas). Unas decenas de casos estudiados en profundidad impresionan bastante menos que “2,8 millones de menores de 64 países” y se adaptan peor a una cultura científica en la que las grandes muestras, los metaanálisis y la sofisticación estadística son los elementos más valorados.
Todo esto me lleva a algo que me preocupa desde hace bastante tiempo: la relación entre determinados discursos sociales y la producción de conocimiento científico funciona en las dos direcciones. La ciencia produce resultados que alimentan y legitiman determinados discursos sobre ‘las pantallas’, pero esos mismos discursos condicionan también qué consideramos un problema digno de investigación y qué preguntas hacemos sobre él.
Si socialmente hemos construido ‘las pantallas’ y ‘el tiempo de pantalla’ como el problema, resulta mucho más fácil que la investigación empiece preguntándose cuánto tiempo pasan los menores delante de ellas y qué consecuencias tiene, en lugar de preguntarse qué están haciendo realmente con la tecnología, para qué, cómo y por qué.
Y después cerramos el círculo: un resultado complejo, heterogéneo y mayoritariamente correlacional llega al debate público convertido en “las pantallas perjudican a los niños”. Ese discurso vuelve a alimentar nuevas preguntas de investigación formuladas en los mismos términos. Y aquí el periodismo tiene también una responsabilidad importante: explicar estas cuestiones con rigor y no buscando el titular fácil.
El problema, por supuesto, no es estudiar los posibles efectos negativos de la tecnología. Hay que hacerlo. El problema es hacerlo sin tratar de comprender el fenómeno, limitándonos a describir asociaciones y partiendo de construcciones teóricas más que discutibles en la propia delimitación del problema de investigación.
Quizá no necesitamos solamente investigaciones más grandes en la misma dirección, sino investigaciones que busquen comprender y empiecen por hacerse otras preguntas.