Una revisión global muestra relaciones entre el uso de pantallas y diversos resultados de salud infantil
Una revisión global, que analizó 23 metaanálisis con datos de casi tres millones de menores en 64 países, identificó asociaciones entre el uso de pantallas y varios ámbitos relacionados con la salud mental y el desarrollo de los niños y niñas. Según los autores, estos hallazgos pueden servir para elaborar y perfeccionar las directrices y políticas sobre el uso de pantallas. Los resultados se publican en la revista JAMA Pediatrics.
Tatiana Íñiguez Berrozpe - pantallas adolescentes
Tatiana Íñiguez Berrozpe
Nos encontramos ante un artículo metodológicamente muy sólido. Es una revisión de revisiones que agrega 23 metaanálisis y reúne datos de casi tres millones de menores de 64 países, por tanto, la muestra es amplísima. Está prerregistrado, evalúa la calidad de los estudios que incluye y, algo poco frecuente y metodológicamente óptimo, elimina los estudios que se repetían en varios metaanálisis, para que no se inflen los resultados. Además, los autores también informan de los datos que no resultaron ser significativos, lo que aporta transparencia y cientificidad al conjunto.
No obstante, los resultados principales confirman lo que la investigación viene mostrando desde hace años y que matiza el actual pánico moral mediático y social en la relación menores y pantallas: existe una asociación entre tiempo de pantalla y peores indicadores de salud mental y de rendimiento académico, pero es muy pequeña (en torno a un 1 % de las diferencias entre unos adolescentes y otros). No se trata de un dato nimio, pero en absoluto sostiene el mantra de que las pantallas sean la causa principal del malestar emocional adolescente. Como hemos señalado en artículos previos, el uso de pantallas no explica por sí solo por qué un adolescente está mal emocionalmente o rinde peor académicamente.
Otras precauciones que hay que tener al leer los resultados son las siguientes: en primer lugar, algunos resultados llamativos, como los problemas emocionales o las dificultades con los iguales, se apoyan en muy pocos estudios y con una variabilidad muy relevante entre ellos. Sus intervalos de confianza van de un efecto casi nulo a uno moderado, así que son las estimaciones menos fiables del artículo, y son las que más riesgo tienen de convertirse en titular en los medios, como suele ocurrir. La segunda es que los autores comparan la magnitud de estos efectos con la del nivel socioeconómico, y esa comparación es necesario tomarla con prudencia, porque los estudios sobre pantallas, de manera habitual, no usan la variable de nivel socioeconómico para ajustar sus resultados. Es más, como defiende parte de la sociología de la educación actual, podríamos pensar que parte de lo que se atribuye a las pantallas puede ser, en realidad, desigualdad social expresada a través de ellas.
Quizás lo más novedoso del trabajo está en los matices que establece entre el tipo de uso de las pantallas. Por ejemplo, la asociación entre dicho uso y el malestar en los menores es mayor con el móvil que con la televisión o los videojuegos, y mayor con síntomas depresivos que con ansiedad social. O que dicha asociación es más relevante en los adolescentes que en los menores más pequeños. Todo ello ahonda en otra de las cuestiones que se vienen advirtiendo desde las últimas investigaciones sobre el tema: importa menos cuántas horas se usen los dispositivos y más qué aparato utilizan, para qué lo hacen, con quién y en qué momento del desarrollo. Recomendaciones basadas solo en horas totales mezclan usos muy distintos, ya que no es lo mismo jugar online con amigos o hacer deberes, que desplazarse durante horas de manera pasiva por un feed diseñado para retener la atención.
Otra de las limitaciones que es prudente señalar es que, también como suele ocurrir en estos estudios, la mayoría de ellos son transversales y no permiten establecer causalidad, solo asociación.
Finalmente, remarcar otra cuestión habitualmente señalada en estudios de corte más sociológico que el que nos ocupa, aunque este lo evidencie de manera clara: lo más relevante en la asociación entre menores y pantallas es el desplazamiento. Esto es, el problema no es el uso la pantalla en sí, sino lo que dejo de hacer cuando estoy inmersa en ella, como dormir, realizar actividad física, o socializar con familia y amistades.
Víctor González Calatayud - pantallas adolescentes
Víctor González Calatayud
En el campo educativo y de uso de la tecnología, que es el que me compete, he podido analizar con detenimiento los resultados. Así, cuando hablan de una relación negativa [del uso de pantallas] con el rendimiento académico, hay que leerlo con bastante cautela. Los resultados obtenidos son muy heterogéneos, por lo que es difícil establecer una relación causal. Además, a nivel de investigación educativa, el estudio vuelve a sufrir lo que otros estudios primarios también muestran: la finalidad de uso, los contenidos o el nivel de interacción con las pantallas son aspectos que no se suelen tener en cuenta (ellos hacen una pequeña distinción entre tipo de pantallas, pero no lo que se hace con estas). En otros estudios que sí han considerado estos factores se ha observado que esa relación no se produce. Por tanto, es importante hacer una distinción clara entre relación y causalidad.
Con ello quiero hacer ver que son importantes estos resultados, pero que es necesario tomarlos con cautela (los propios autores lo determinan así en sus limitaciones) y analizar realmente más aspectos contextuales no tenidos en cuenta.
Esther van Sluijs - pantallas adolescentes
Esther van Sluijs
Se trata de un estudio de gran calidad que recopila datos de casi tres millones de jóvenes de todo el mundo. Muestra una relación entre el tiempo total de uso de pantallas y algunos resultados relacionados con el desarrollo y la salud mental.
No permite extraer conclusiones sólidas sobre tipos específicos de uso de pantallas, como el uso de las redes sociales o los videojuegos, ya que no había datos suficientes para estudiarlo. Por lo tanto, debemos ser cautelosos a la hora de interpretar estos resultados en el contexto de los hábitos actuales de uso de pantallas de los jóvenes.
La mayor parte de los datos en los que se basan estas conclusiones proceden de estudios transversales, en los que se miden simultáneamente el uso de pantallas y los resultados relacionados con el desarrollo o la salud mental. Esto significa que no permite determinar con certeza si un mayor uso de pantallas conduce a peores resultados.
Se necesita urgentemente investigación para comprender el papel que desempeñan los diferentes tipos de uso de pantallas en la evolución de los resultados relacionados con el desarrollo y la salud mental de los jóvenes a lo largo del tiempo, con el fin de respaldar la elaboración de políticas en este ámbito.
Conflictos de interés:
- Empleada de la Universidad de Loughborough
- Anteriormente trabajó en la Universidad de Cambridge
- Directora científica del Estudio sobre la Salud de los Adolescentes (en comisión de servicio)
- Beneficiaria de subvenciones del NIHR y del MRC
- Miembro del comité de financiación de la Fundación de la Familia Huo
- Editora adjunta de la revista Journal of Physical Activity and Health
Manuel Fernández Navas - pantallas adolescentes
Manuel Fernández Navas
Profesor titular en el departamento de Didáctica y Organización Escolar de la facultad de Educación de la Universidad de Málaga
Este artículo vuelve a mostrar, a mi juicio, un problema frecuente en la investigación educativa reciente y la deriva que esta ha tomado a raíz de dos cuestiones que han confluido en el tiempo. Por un lado, la influencia de determinadas perspectivas de la evidencia y la causalidad muy vinculadas a los diseños experimentales y cuasiexperimentales y, por otro, el auge del capitalismo académico.
Tenemos 23 metaanálisis, más de 2,8 millones de menores de 64 países y un aparataje de análisis estadísticos enorme para concluir que existe asociación entre un mayor tiempo de pantalla y algunos resultados en desarrollo, rendimiento o salud mental.
No obstante, la pregunta que me surge es: ¿cuánto nos ayuda realmente todo esto a comprender el fenómeno estudiado y, sobre todo, a tomar decisiones a partir de su comprensión? Muy poco, porque este tipo de investigaciones pueden describir con enorme precisión determinadas asociaciones, pero describir una asociación no equivale a comprender el fenómeno que la produce.
Saber que dos cosas están asociadas nos dice relativamente poco sobre por qué lo están, mediante qué mecanismos o en qué condiciones. Y el problema, en esta investigación concreta, se agrava cuando miramos qué estamos llamando ‘tiempo de pantalla’. Bajo esa categoría agrupa experiencias radicalmente distintas: ver vídeos de forma pasiva, jugar, crear, hablar con familiares, relacionarse con amigos, utilizar redes sociales o realizar una actividad educativa. Los propios autores reconocen que buena parte de la investigación mezcla actividades cualitativamente diferentes y que dimensiones fundamentales como el contenido, el contexto o las características concretas del uso quedan fuera de sus análisis.
El problema, por lo tanto, es más profundo que una simple limitación metodológica. Está en la forma en la que delimitamos el problema de investigación. Cuando nos preguntamos qué efectos tiene el ‘tiempo de pantalla’ ya hemos tomado una decisión teórica importante: convertir experiencias tecnológicas enormemente diferentes en una misma variable cuantificable. Lo que decidimos medir condiciona la medida y, antes aún, nuestra propia construcción del fenómeno. Hemos construido ‘las pantallas’ y ‘el tiempo’ como una cuestión homogénea y como categorías relevantes para explicar el fenómeno. A partir de esa construcción teórica, diseñamos la investigación.
Podemos pasarnos la vida aumentando el tamaño de las muestras, acumulando estudios y sofisticando enormemente los análisis estadísticos. Pero ninguna de esas cosas resolverá un problema conceptual en la construcción del objeto de estudio. No nos ayudará a comprender el fenómeno y, por lo tanto, tampoco a tomar decisiones a partir de su comprensión.
Esto hace especialmente significativo algo que el propio artículo encuentra: heterogeneidades extraordinariamente altas en muchos de los resultados.
A esto se añade el problema de la causalidad. La mayor parte de los resultados son correlaciones (en educación es muy difícil establecer causalidad, de ahí que los métodos experimentales y cuasiexperimentales tengan especiales limitaciones en este ámbito) y los propios autores advierten expresamente de que no puede concluirse que las pantallas causen los resultados observados.
Por eso vuelvo a la pregunta anterior: ¿qué decisión concreta podemos tomar con esta información?, ¿que hay que reducir ‘las pantallas’?, ¿cuáles?, ¿para hacer qué?, ¿en qué edades?, ¿en qué contextos?, ¿sustituyendo qué actividad? Si determinadas formas de uso pueden ser perjudiciales y otras beneficiosas (algo que el propio artículo contempla), saber que ‘más tiempo de pantalla’ se asocia estadísticamente con determinados resultados nos dice más bien poco. De hecho, los propios autores plantean la posibilidad de que experiencias beneficiosas y perjudiciales estén incluso contrarrestándose cuando todas ellas se agregan bajo la categoría ‘tiempo de pantalla’.
Hay, además, algo del artículo que me resulta especialmente llamativo. Reconoce prácticamente todas estas limitaciones y, sin embargo, a la hora de establecer las implicaciones de sus resultados parece actuar como si estas tuvieran muchas menos consecuencias de las que acaba de reconocer explícitamente. Reconoce que está agregando fenómenos muy diferentes, que faltan variables fundamentales para entender el uso y que la evidencia es predominantemente correlacional, pero termina presentando el uso de pantallas como el factor que modificar y defendiendo que los resultados pueden orientar actuaciones sobre el uso digital de los menores.
Hay aquí, además, una paradoja interesante. Cuando llega el momento de explicar las asociaciones que encuentra, el propio artículo tiene que recurrir a posibles mecanismos que su diseño no permite estudiar directamente: desplazamiento del sueño, de la actividad física o de la interacción presencial, procesos de comparación social, características de diseño de las plataformas, etc. Es decir, cuando queremos pasar de describir qué está asociado con qué a intentar comprender por qué, necesitamos precisamente aquello que este tipo de investigación no estudia.
Quizá el problema es que necesitamos menos investigación dedicada a seguir preguntando cuánto ‘tiempo de pantalla’ se asocia con un determinado resultado y mucha más orientada a comprender los porqués: qué hacen realmente niños y adolescentes con la tecnología, qué significado tiene para ellos y ellas, para qué la utilizan, con quién, en qué contextos y mediante qué procesos determinados usos terminan siendo beneficiosos o perjudiciales.
Y eso probablemente exige también otro tipo de investigación. Si queremos comprender mecanismos, contextos, experiencias y significados, necesitaremos mucha más investigación cualitativa (o mixta) y no solamente seguir aumentando muestras y añadiendo capas de sofisticación estadística. El problema es que esa investigación es bastante menos vistosa de cara a su publicación en revistas de impacto (y aquí tocaría hacer una crítica al sistema de publicaciones científicas). Unas decenas de casos estudiados en profundidad impresionan bastante menos que “2,8 millones de menores de 64 países” y se adaptan peor a una cultura científica en la que las grandes muestras, los metaanálisis y la sofisticación estadística son los elementos más valorados.
Todo esto me lleva a algo que me preocupa desde hace bastante tiempo: la relación entre determinados discursos sociales y la producción de conocimiento científico funciona en las dos direcciones. La ciencia produce resultados que alimentan y legitiman determinados discursos sobre ‘las pantallas’, pero esos mismos discursos condicionan también qué consideramos un problema digno de investigación y qué preguntas hacemos sobre él.
Si socialmente hemos construido ‘las pantallas’ y ‘el tiempo de pantalla’ como el problema, resulta mucho más fácil que la investigación empiece preguntándose cuánto tiempo pasan los menores delante de ellas y qué consecuencias tiene, en lugar de preguntarse qué están haciendo realmente con la tecnología, para qué, cómo y por qué.
Y después cerramos el círculo: un resultado complejo, heterogéneo y mayoritariamente correlacional llega al debate público convertido en “las pantallas perjudican a los niños”. Ese discurso vuelve a alimentar nuevas preguntas de investigación formuladas en los mismos términos. Y aquí el periodismo tiene también una responsabilidad importante: explicar estas cuestiones con rigor y no buscando el titular fácil.
El problema, por supuesto, no es estudiar los posibles efectos negativos de la tecnología. Hay que hacerlo. El problema es hacerlo sin tratar de comprender el fenómeno, limitándonos a describir asociaciones y partiendo de construcciones teóricas más que discutibles en la propia delimitación del problema de investigación.
Quizá no necesitamos solamente investigaciones más grandes en la misma dirección, sino investigaciones que busquen comprender y empiecen por hacerse otras preguntas.
- Artículo de investigación
- Revisado por pares
- Metaanálisis
Al-Jbouri et al.
- Artículo de investigación
- Revisado por pares
- Metaanálisis