Miguel Ángel López Sáez
Profesor titular de Psicología Social y director de la Unidad de Diversidad de la Universidad Rey Juan Carlos
Para mí, el punto de partida es que la diversidad sexual y de género no es una patología. Yo pondría el foco en quienes articulan, ejercen y legitiman la violencia, y en las instituciones que permiten que siga ocurriendo. A veces miramos con lupa el malestar de quienes reciben las agresiones y dejamos bastante fuera de plano a quienes las producen. El modelo de estrés de minorías ayuda a entender cómo se conecta una cosa con la otra. A las dificultades que puede vivir cualquier persona se añade una carga relacionada con la discriminación. Están los insultos, las agresiones o el rechazo familiar, pero el desgaste continúa cuando tienes que anticipar el siguiente episodio, vigilar cómo hablas o calcular dónde puedes mencionar a tu pareja sin exponerte. Incluso puedes acabar haciendo tuyos los mensajes negativos que recibes. Ocultarse puede proteger en un entorno hostil, pero tener que hacer esos cálculos continuamente tiene un coste. Esa acumulación de estrés puede contribuir a la ansiedad, la depresión o las conductas suicidas. No es una consecuencia inevitable de ser LGTBIQA+.
El artículo me parece un trabajo bien planteado para ordenar la evidencia y distinguir qué asociaciones cuentan con mayor respaldo estadístico. Entre sus resultados más sólidos, las personas lesbianas, gais y bisexuales presentan aproximadamente el doble de riesgo de trastornos depresivos y 2,5 veces el riesgo de intentos de suicidio durante el año previo, respecto al grupo de comparación. También encuentra más síntomas de ansiedad y autolesiones no suicidas entre personas bisexuales que entre lesbianas y gais, y una mayor frecuencia de algunas conductas alimentarias, como las purgas, entre chicos adolescentes gais respecto a sus compañeros heterosexuales. Ahora bien, yo distinguiría la calidad de esta revisión de la de los trabajos que reúne. Las revisiones incluidas tienen calidad metodológica baja o críticamente baja, predominan los estudios transversales y buena parte de la investigación procede de Norteamérica. Algunas asociaciones tienen un respaldo estadístico consistente, pero eso no demuestra causalidad ni permite trasladar las cifras sin más a España o a todas las realidades incluidas bajo las siglas.
Estos resultados encajan con una evidencia acumulada durante décadas. En nuestra revisión sobre factores protectores identificamos la importancia del apoyo familiar, escolar y de las amistades. Nuestro estudio con profesionales en España mostró carencias de formación y recursos. Y en el informe nacional español de CLICK recogemos tanto experiencias de violencia y desprotección como orgullo, alegría y pertenencia cuando existen espacios seguros. A mí me interesa contar ambas cosas, porque las vidas LGTBIQA+ no se reducen al sufrimiento y los apoyos disponibles pueden cambiar mucho la experiencia de crecer.
Yo tampoco dejaría fuera el contexto social y político. Los discursos de VOX, Milei, Trump o Bolsonaro que presentan la diversidad LGTBIQA+ como una amenaza o su reconocimiento como adoctrinamiento pueden contribuir a normalizar el rechazo. Esto no se queda en una discusión de plató. Desde el modelo de estrés de minorías, necesitamos analizar cómo esos mensajes pueden legitimar la discriminación y aumentar la sensación de amenaza de quienes son señalados. El artículo no evalúa el efecto específico de esos discursos, pero los señalo como parte del contexto que necesitamos investigar y transformar. Para mí, las implicaciones pasan por intervenir con quienes agreden, garantizar respuestas institucionales y sostener redes de apoyo. La atención psicológica es necesaria cuando hay malestar, claro, pero no tiene mucho sentido pedir a un adolescente que aprenda a resistir mejor mientras dejamos intacto el entorno que le está haciendo daño.