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Nereida Bueno Guerra

Profesora titular de Psicología y Criminología en la Universidad Pontificia Comillas e investigadora adscrita a la UNINPSI (Unidad Clínica de Psicología)

El estudio de Ghai y colaboradores es uno de los más completos a nivel de prevalencia de una forma de violencia sexual infantil cada vez más común, como es la agresión sexual mediada por la tecnología. Informa, además, sobre dos regiones del planeta tradicionalmente excluidas de la investigación, contribuyendo así a que la ciencia disponga de más datos no-WEIRD (las siglas en inglés para definir los países occidentales, con niveles altos de alfabetización, acceso a tecnología, con ingresos altos y democráticos). Anticipa, además, posibles datos futuros más desoladores, ya que el uso generalizado de internet por los jóvenes de esas regiones no está extendido por igual en todos los países y, conforme vaya aumentando, podrá empeorar la prevalencia de violencia descrita. Por último, es uno de los primeros estudios mundiales sobre cómo mejorar la prevención de la agresión sexual infantil representativo y guiado por datos. Muchos estudios sobre prevención se basan en hipótesis sobre lo que puede funcionar para conseguir que las víctimas cuenten lo que les pasa: en este estudio, en cambio, se analizan las causas concretas que motivan a denunciar o no. Esto es muy útil porque puede guiar políticas públicas basadas en datos.  

Sobre el diseño 

Uno de los mayores aciertos de este artículo es utilizar una definición amplia de agresión sexual cometida contra menores usando la tecnología. Como indican los autores, siguieron la denominada ‘Guía de Luxemburgo’ para construir su encuesta, lo cual es un auténtico acierto, porque la carencia que suelen tener otros estudios de este tipo es que se centran solo en preguntar sobre una forma criminal (por ejemplo, el online grooming) y no contabilizan en sus encuestas otras formas que también son violencia, como recibir fotos sexuales no deseadas o extorsiones sexuales. Esto es muy relevante porque en criminología existe el denominado ‘gap perceptivo’ en las encuestas de victimización. Consiste en que los participantes no saben a qué conductas concretas hace referencia el término por el que les preguntan y así se puede perder información real sobre la prevalencia del fenómeno, mientras que si, como en este estudio, se detallan explícitamente las conductas que son consideradas violencia sexual, los encuestados las entienden y se obtiene un dato más fiel a la realidad, al mismo tiempo que, por cierto, se educa sobre qué conductas son delito y no deben permitirse.  

En este sentido, sí considero que una carencia del estudio es no haber cruzado información entre la prevalencia de las distintas formas de violencia o la falta de denuncia cuando se ha sido víctima de ellas con una variable legal, es decir, con saber si esas formas de violencia son consideradas delitos o no en los países del estudio. Este dato existe y los autores lo conocen bien porque fueron publicados en 2022 por el mismo proyecto Disrupting Harm al que pertenece esta macroencuesta (este y este). Según ese informe previo, en varios países del estudio el tipo de conductas por el que preguntaban no están tipificadas, es decir, no aparecen como delito en sus legislaciones penales, y además no todos los países definen como ‘niño’ a quienes tienen menos de 18 años. Esta circunstancia podría explicar que los jóvenes consultados no siempre concedieran gravedad a haber sido víctimas de estas formas de violencia, porque no las identifican como violencia, o que no supieran a dónde recurrir.  

Sobre la prevención y los medios de comunicación 

Precisamente, una de las conclusiones principales es que los jóvenes no revelan el delito porque "no saben a dónde acudir". Este dato es muy significativo porque, al menos ya en 2022, y siguiendo de nuevo el informe mencionado previamente, en todos los países del estudio existían canales de ayuda públicos. Esto nos indica que el hecho de que un canal de ayuda exista no significa que la población lo conozca o lo use. En España, por ejemplo, contamos con varios números de ayuda destinados a la población infantil y a la atención frente a violencias, como el 116111 o el 900 202010, pero quizá o alcanzan tanta difusión como el 016 para víctimas de violencia de género. La labor que los medios de comunicación pueden hacer a este respecto es muy valiosa, acompañando sus reportajes sobre este tipo de investigaciones con los recursos de ayuda disponibles. 

Sobre la temporalidad del estudio y el papel de las familias 

El estudio se realizó pospandemia, lo que puede haber elevado el número de casos encontrados, ya que, al haber más uso de internet en aquel tiempo, es conocido que en todos los países se dispararon los casos de agresión cometida a través de internet. No obstante, la prevalencia y perfil señalado se alinea con otros estudios internacionales: tanto chicos como chicas son susceptibles de ser víctimas y los agresores acuden a los lugares virtuales que frecuentan los menores, como son las plataformas de gaming. Tal y como indican los autores, esto debe hacer pensar a los progenitores que, al igual que advierten de los peligros que puede haber en la calle cuando su adolescente comienza a salir de fiesta, también se debe advertir de los peligros del mundo virtual, un mundo que, además, forma parte diaria central de su actividad y cómo afrontarlos. Las familias que hablan abiertamente desde el respeto por la curiosidad sexual del adolescente y desde la ayuda, son las que más ayudan a sus hijos e hijas en prevención de violencia sexual online.   

ES