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Rebeca Fernández Carrión

Investigadora en el departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Universitat de València y miembro del CIBEROBN (CIBER de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición)

Es un trabajo bastante sólido y ambicioso por su escala: combina datos de casi un millón de personas en siete países a lo largo de más de tres décadas, algo poco habitual en este tipo de investigación. La metodología está bien explicada y destacamos que los autores son honestos al reconocer varias de sus propias limitaciones. 

El hallazgo principal (que la presión arterial y el colesterol de las personas mayores con obesidad se parecen cada vez más a los de personas con normopeso, gracias en buena parte a un mayor uso de medicamentos) es coherente con lo que ya sabíamos sobre el avance del tratamiento farmacológico en las últimas décadas. No es un hallazgo inesperado, pero sí aporta una cuantificación útil del fenómeno.  

Sin embargo, conviene ser cauto, ya que el estudio solo mide dos de los múltiples mecanismos por los que la obesidad influye en la salud (presión arterial y colesterol); no analiza inflamación, resistencia a la insulina, diabetes, problemas articulares o algunos tipos de cáncer, también ligados al exceso de peso. Además, esa mejoría solo se observa en mayores de 40 años: en personas jóvenes con obesidad, el riesgo metabólico sigue siendo claramente más alto que en quienes tienen un peso normal. 

[En cuanto a posibles limitaciones] El estudio usa el IMC (Índice de Masa Corporal) para definir obesidad, pero los profesionales de la salud llevan tiempo señalando que esta medida no resulta suficiente para evaluar el riesgo real que induce la obesidad: no distingue grasa de músculo ni informa de dónde se acumula esa grasa (que es lo que más importa clínicamente), y el estudio tampoco incluye ningún dato sobre la dieta de los participantes. Eso significa que no podemos saber con certeza cuánto de la mejoría observada se debe realmente a los fármacos y cuánto a otros factores no medidos.  

Además, usan los mismos umbrales de IMC para clasificar obesidad en todos los países, pese a que se sabe que, para un mismo IMC, las poblaciones asiáticas suelen tener más grasa corporal y más riesgo cardiometabólico que las occidentales. Esto puede dificultar comparar de forma justa los resultados entre distintos países, como Japón y Estados Unidos. De hecho, los casos de obesidad severa en los países asiáticos del estudio son tan escasos (menos de un 2-3 % de la población) que muchas de esas estimaciones tuvieron que excluirse o son poco fiables, y es probable que suceda un posible sesgo de supervivencia (las personas con obesidad severa y peor salud metabólica fallecen antes y no llegan a ser encuestadas de mayores), lo que añade incertidumbre a esa parte concreta del estudio. Por tanto, en el grupo de mayores con obesidad en general, parte de la mejoría observada podría deberse a un efecto de selección: las personas que llegan a edades avanzadas con obesidad y peor perfil metabólico tienen mayor probabilidad de haber fallecido antes, por lo que los supervivientes que entran en el estudio podrían estar "sesgados" hacia los más sanos dentro de ese grupo.  

Otra posible limitación la encontramos en que el estudio solo registra si la persona toma o no medicación, pero no la intensidad o el tipo de tratamiento, lo que hace que las estimaciones de la mejoría sean aproximadas, no una prueba causal directa. Podría haberse valorado el uso de otros posibles tests estadísticos que permitieran estimar el impacto de los distintos fármacos, entre otras posibles sugerencias.  

Por último, el artículo no detalla cuántas personas aporta cada país a los resultados globales. Es decir, indica el tamaño de muestra total utilizado, pero al no especificar la representación que tenemos por cada país, resulta difícil valorar si los hallazgos están dominados por uno o dos países con muestras más grandes (como podría ser EE. UU. o Inglaterra), y si bien es cierto que en los apéndices encontramos información extra sobre los rangos de IMC y grupos de edad, etc., sería conveniente incluirlos en el artículo principal para su óptima lectura y evaluación.  

En conclusión:  

Podrían suponer buenas noticias sobre el control de la tensión (presión arterial elevada) y el colesterol en personas mayores con obesidad gracias al tratamiento médico, pero no puede considerarse una señal de que la obesidad haya dejado de ser un problema de salud, y convendría leer los resultados con esos matices metodológicos.

ES