Sergio Vicente-Serrano
El informe está bien porque recoge diferentes variables relacionadas con el ciclo hidrológico que resultan relevantes. Algunas de ellas presentan bastantes incertidumbres, como el estudio de la evaporación, que está basada en modelos globales con limitaciones y problemas. También aportan datos observacionales de puntos concretos que son útiles, como ocurre con las anomalías de humedad del suelo en la red disponible en Estados Unidos o la evaluación general de la situación de los caudales a nivel global. Aunque esta última tiene grandes lagunas espaciales, ya que hay una escasa disponibilidad de datos en algunas regiones del mundo —como África o gran parte de Asia—, supone un aporte valioso a nivel mundial.
Hay que tener en cuenta que es una evaluación que analiza un año concreto y que no ofrece una visión de las tendencias a largo plazo. Podemos tener un año muy húmedo como este invierno en España, pero que forma parte de un contexto muy diferente. Es decir, en este informe no se está registrando ni la variabilidad interanual, ni las posibles tendencias, ni los posibles escenarios para futuro. Su función es dar una imagen general de la situación del año 2025, tanto desde el punto de vista de magnitud de las distintas variables que miden los recursos hídricos, como también de sus anomalías.
La sequía es un fenómeno consistente en nuestro clima mediterráneo y, por extensión, también en zonas que están en el límite entre regiones de características subtropicales y de climas más templados. Tanto los registros geológicos y biológicos como las fuentes documentales demuestran que la sequía es un fenómeno inherente a nuestro clima.
Ahora mismo el interés que hay es: ¿esas sequías se están incrementando?, ¿son cada vez más severas?, ¿cómo está afectando el cambio climático a esas sequías? Sobre esto, hay que separar los mecanismos dinámicos y los termodinámicos. Los mecanismos dinámicos son aquellos relacionados con la circulación atmosférica. Por ejemplo, tener unos anticiclones de las Azores más duraderos, persistentes e intensos que impidan la entrada de borrascas asociadas al frente polar y que provoquen situaciones más secas generalizadas. Por otro lado, están los procesos termodinámicos, que tienen que ver con la temperatura. Actualmente lo que observamos es que las precipitaciones no están cambiando de forma sustancial, pero las temperaturas cada vez más altas están haciendo que la demanda atmosférica sea cada vez mayor.
Cuando tenemos una situación de déficit de precipitación, como un año o una estación secos, incrementa el estrés tanto sobre los recursos hídricos como sobre la vegetación. Sobre todo, en el caso de los recursos hídricos, hay momentos en los cuales cada gota de lluvia cuenta, y se produce una mayor evaporación de embalses y recursos fluviales. En el caso de la vegetación, si el suelo ya tiene poca humedad porque ha habido un déficit de precipitación, no es lo mismo tener 42 ºC que 35 ºC. La vegetación sufre muchísimo más porque la atmósfera le demanda más agua, y se producen procesos fisiológicos que hacen que las plantas asimilen menos carbono o incluso se puedan morir o marchitar por esta falta de humedad.