Tatiana Íñiguez Berrozpe
¿El estudio es de buena calidad?
“Podemos decir que se trata de un estudio correctamente planteado, pero que mide más bien poco. El diseño del estudio, la pregunta de investigación, la muestra, etc., son elementos bien delimitados. No obstante, podemos poner varias pegas a los resultados: primero, el análisis que se presenta es transversal, por lo que no podemos establecer una dinámica de causa-efecto, solo asociaciones (¿las redes pueden causar ansiedad o debido a la ansiedad los adolescentes se refugian en las redes?). Segundo, y más importante, el tamaño del efecto es muy pequeño, ya que en él las redes explican solo entre el 1 % y el 5 % de la salud mental en este grupo de edad. Tercero, pero relacionado con lo anterior, precisamente lo que la ley prohíbe es lo que aparece en el estudio como menos asociado al malestar”.
¿Cómo encaja este trabajo con la evidencia existente?
“Encaja perfectamente con la evidencia existente, pero esto no es positivo. Precisamente, una de las cuestiones a las que más aludimos los investigadores que somos críticos con el pánico moral asociado al tema es que existe una gran cantidad de estudios que tratan de demostrar el perjuicio de las redes sociales para la salud mental de los menores con análisis transversales (que no demuestran causalidad) y con tamaños del efecto muy pequeños, como es el caso del que nos ocupa. En general todos estos estudios concluyen que la asociación entre redes sociales y salud mental existe, pero es muy pequeña.
No obstante, es interesante el análisis que se hace de las intenciones de uso tras la prohibición. Pero esto también confirma lo que ya sabíamos: pese a las prohibiciones, los adolescentes van a seguir usando las redes sociales”.
¿Han tenido en cuenta los autores los factores de confusión? ¿Hay limitaciones importantes que haya que tener en cuenta?
“En esto el estudio también encaja con un vasto número de trabajos previos sobre el tema: no se controla por variables sociodemográficas fundamentales que ciencias, como la sociología, ya han demostrado que tienen un peso mucho mayor en el malestar de los menores. El nivel socioeconómico, la estructura y dinámicas familiares, las redes de apoyo, etc., son elementos que no se han tenido en cuenta en el análisis y que suponen una variación mucho mayor en la salud mental que las redes sociales, cuyo efecto, como hemos dicho, es muy menor. Es más, la propia muestra se centra en chicos y chicas urbanos y de familias acomodadas, que no son precisamente el colectivo que está en mayor riesgo”.
¿Cuáles son las implicaciones para el mundo real?
“Sin duda, algo de lo que ya venimos hablando desde que se implantó la medida en Australia, tal y como especificábamos en este artículo: que las medidas de prohibición de las redes sociales no son efectivas, ya que los menores van a seguir utilizándolas, pero ahora con menor control, dado que pueden falsear su acceso. Es fundamental poner el foco en las obligaciones reales de las plataformas para el control de sus contenidos, transparencia de sus algoritmos, y evitar consumos pasivos perniciosos como el scroll infinito, y, en definitiva, su responsabilidad en la protección de los menores. Asimismo, el acompañamiento a las familias y el potenciar la educación digital crítica desde la infancia deben estar en el foco principal de las medidas. La prohibición, además de inefectiva, puede causar el efecto contrario: crear espacios menos seguros para los menores y no servir de protección para los colectivos vulnerables que las usan como red de apoyo”.