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Natalia Martín-María

Profesora Ayudante Doctora en el departamento de Psicología Biológica y de la Salud de la facultad de Psicología, área de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos de la UAM

La American Psychiatric Association (APA) está preparando un nuevo DSM. En total ya son cinco con sus respectivas actualizaciones en formato de texto revisado (TR). La crítica principal de todos ellos siempre ha hecho alusión a su modelo categórico de diagnóstico (o se tiene o no se tiene una enfermedad mental). Sin embargo, en la práctica clínica real nos damos cuenta de que la mayoría de los problemas psicológicos funcionan de forma dimensional y continua. Una persona puede presentar sintomatología moderada, pero si no cumple 5/7 criterios, podría no ser atendida como merece; de la misma forma, podemos encontrar otra persona con varios diagnósticos simultáneos, no porque realmente los presente, sino porque los criterios a menudo se solapan entre sí y existen ciertos trastornos que comparten mecanismos, haciendo que se expresen de forma similar en el comportamiento de los individuos. 

El nuevo DSM, aparte de cambiar el nombre (la S pasa de significar statistical a ser scientifical, lo cual implica pasar de una descripción estadística de síntomas a un sistema basado en mecanismos, procesos y contextos, que ayuden a diseñar una mejor intervención), plantea todo un cambio de paradigma hacia un modelo más integrador y multidimensional, que define los trastornos mentales no solo por sus síntomas (de forma descriptiva), sino también por sus causas, mecanismos psicológicos o bases neurobiológicas (de forma explicativa) que, de alguna manera, ayuden a los profesionales de la salud mental a comprender mejor por qué sufre una persona y qué procesos mantienen su malestar. En concreto, son cuatro los dominios propuestos: factores contextuales (en los que aparece el funcionamiento y la calidad de vida como variables clave), biomarcadores, diagnósticos clínicos tradicionales y factores transdiagnósticos (como conjunto de síntomas que subyacen a varias entidades diagnósticas). Se produce un paso de una mera etiqueta diagnóstica a valorar los procesos subyacentes y de forma muy especial, la interacción entre la persona y su contexto. 

En cuanto a su utilidad práctica, un DSM con este enfoque podría ser mucho más valioso que el actual. Se podrían generar perfiles clínicos personalizados, ajustando las intervenciones a los mecanismos específicos que mantienen el problema de cada persona. Asimismo, otorga una mayor importancia al trabajo interdisciplinar (psicología, psiquiatría, enfermería, trabajo social, terapeutas ocupacionales) y al papel de la prevención de posibles factores de riesgo antes de que aparezca un trastorno. Sin embargo, es necesario prestar atención al posible riesgo que supondría centrarse demasiado en los biomarcadores, porque podría derivar en una nueva forma de medicalización del sufrimiento si no se mantiene un equilibrio claro con los factores contextuales y sociales. 

ES